lunes, diciembre 31, 2012

Toma las riendas y actúa

El año 2012 ha sido para mí el año de, como se dice vulgarmente, mover el culo. Harto de ver que muchas cosas mi alrededor no me permitían ser totalmente feliz he ido realizando pequeños y grandes cambios en mi entorno y viendo qué resultados recibía. Cuando el resultado me acercaba un poco más a mis objetivos o me hacía más feliz mantenía el cambio, cuando el resultado no me satisfacía cambiaba otra cosa.

No soy un gran amante de las fiestas navideñas y tampoco suelo celebrar por todo lo alto el cambio de año. No creo que la vida se mida en macrociclos de un año, no creo que debamos medir nuestros objetivos de año en año y mucho menos creo que lo efectivo sea proponerse cosas como "el año que viene cambio de trabajo" o "en 2013 aprenderé inglés". Planificar está bien, es necesario, y decidir es un paso, sin embargo, el movimiento se demuestra andando. No pienses en qué vas a hacer y hazlo, no decidas, actúa. Aunque el refranero español está plagado de creencias limitantes, hay un dicho que me gusta mucho y es "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy". Así que ¿por qué no empezar hoy mismo a perseguir la felicidad?

2012 no cierra un ciclo de mi vida, el fin del año no es más que otro día que pasa en mi vida. Abro y cierro ciclos continuamente y he aprendido que el cambio es necesario pero más importante todavía es saber que el cambio es inevitable. El entorno cambia aunque no queramos y nosotros cambiamos aunque no nos demos cuenta. Asimilar que el cambio existe y que forma parte de mi vida es lo que me ha permitido adaptarme mejor a las circunstancias y utilizar los cambios para ir hacia donde quiero dirigirme.

Habrá quien se pregunte si no tengo propósitos para el año 2013. La respuesta es sí y no. Tengo propósitos para los próximos meses, me he marcado objetivos en todos los niveles de mi vida que sé que llevaré a cabo. Tendré éxito o no pero sé que de cada paso que doy aprenderé una lección que me acercará a mi objetivo. Pero no son propósitos que tengan que ver con el año sino con mi situación en estos momentos.

Atrás quedan todas las lecciones aprendidas durante los últimos 366 días. Por delante, el resto de mi vida.

No dejes que tu barco vaya a la deriva, toma las riendas y actúa.

miércoles, noviembre 28, 2012

Viajar ligero de equipaje

No te olvides de coger esto. No puedes viajar sin aquello. ¿Acaso piensas irte sin eso? Llévalo por si acaso. Y cuando nos queremos dar cuenta llevamos en la mochila tantas cosas que pesa como un demonio y nos cuesta movernos con ella.

No, no estoy hablando de viajar, estoy hablando de la vida. Sin darnos cuenta vamos llenando nuestra mochila de problemas, preocupaciones, creencias, miedos y sentimientos que, en el mejor de los casos, sólo retrasa nuestra llegada a destino, o, en el peor, no nos deja avanzar y nos impide llegar a donde deseamos.

Cuando fui a hacer el Camino de Santiago corriendo, una de las cosas en que más hincapié hice fue en el equipaje que llevaría. Necesitaba viajar ligero para no malgastar energía. En mi caso, viajé con una mochila de apenas 3 kilos donde llevaba todo lo necesario para sobrevivir durante 14 días. Algunos días echaba en falta alguna cosa y la etiquetaba de imprescindible para la próxima vez, sin embargo, con el paso del tiempo me daba cuenta que sólo se trataba de una comodidad prescindible sin la cual podía vivir, es más, sin la cual mi equipaje pesaba menos. Por el camino, me cruzaba con peregrinos que llevaban mochilas de 15 a 20 kilos a la espalda y su paso era lento y pesado, y cuando llegaban al albergue la dejaban caer sobre el suelo a plomo y con una expresión en la cara de sentirse totalmente liberados.

La vida es parecida. Vamos llenando nuestra mochila de cosas que nos ayudan a avanzar, otras veces metemos cosas que creemos que nos podrían ser útiles y también guardamos cosas que son totalmente inútiles pero que no nos paramos a pensar si realmente necesitamos. Eso sin hablar de lo que las personas de nuestro entorno nos van metiendo. Unas veces nos meten cosas que nos ayudan en un momento puntual, otras nos meten cosas que creen que podrían ayudarnos y, demasiado a menudo, cosas con las que ellos no quiere o no pueden cargar.

Nos pasamos la vida llenándonos la mochila y pocas veces nos paramos a reflexionar si todo lo que llevamos en la mochila nos es útil, si todo aquello con lo que viajamos nos está ayudando a avanzar o nos está lastrando. Desde pequeños, nuestros padres nos van metiendo en la mochila herramientas que nos ayudan en momentos puntuales pero que mantenemos a lo largo de nuestra vida. Con el paso del tiempo nos acostumbramos a llevar esas cargas que ni nos planteamos si han dejado de sernos útiles, pensar en dejarlas en el camino y seguir viajando con menos peso. Los miedos ("Cómo vas a montar una empresa con la que está cayendo ahí fuera", "Si arriesgas lo que tienes te puedes quedar sin nada", "La montaña es peligrosa") son las cargas de nuestra familia de las que más nos cuesta deshacernos porque son las que están con nosotros desde que nacemos. Además, la sociedad es muy propicia a ir metiendo en nuestra mochila muchas ideas que, el hecho de querer descartarlas, nos hace sentir ir contracorriente lo que nos impide eliminarlas de nuestro equipaje. Este sentimiento es en sí mismo una carga y lo mejor que se puede hacer es transformar el "siento que voy contracorriente" por "siento que estoy siguiendo mi camino". Es entonces cuando caminar se hace muy fácil, porque no es lo mismo seguir el cauce de un río que luchar contra la corriente.

Por otro lado, no contentos con cargar con nuestros propios problemas, tendemos a hacernos cargo de los problemas de la gente de nuestro entorno, familiares, amigos, compañeros de trabajo... Metemos en nuestra mochila los problemas de nuestros allegados junto con los nuestros, nos los echamos a la espalda y pretendemos viajar tan tranquilamente. No quiero con esto decir que dejemos de ayudar y apoyar a nuestros familiares y amigos, pero cada uno debe hacerse responsable de las cargas que tiene que portar ya que cargársela a los demás no va a hacer que desaparezca.

A veces, al igual que hacen algunos peregrinos en los albergues, hay que soltar la mochila a plomo y sentir el alivio, aunque más importante que descansar es abrir la mochila y revisar donde está el exceso de equipaje.

martes, noviembre 06, 2012

Cambia, asúmelo y no te resistas

Después de unas semanas en que había aparcado mis entrenamientos ayer retomé de nuevo la rutina. No estoy entrenando para nada en concreto, mi intención los próximos meses es fortalecerme en general para llegar al año que viene en muy buena forma. Siendo sincero he de reconocer que sí hay un objetivo: disfrutar. Así mi presión no va más allá de disfrutar de cada entrenamiento al máximo sin preocuparme de si llego a tal o cual fecha con el estado necesario para conseguir un tiempo determinado o afrontar una distancia concreta.

"Soy un corredor rápido", esa ha sido la idea con la que he salido en la cabeza esta tarde cuando he ido a entrenar. El entrenamiento de hoy consistía en hacer 8 series de 500 metros recuperando minuto y medio entre serie y serie. Un buen resultado para el "David corredor rápido" era hacer cada serie de medio kilómetro en un minuto y treinta y cinco segundos. Y con esa idea he salido de casa. Al llegar al Retiro he hecho unos estiramientos y me he puesto pies a la obra con las series.

He arrancado la primera a un ritmo cómodo pero intenso y he terminado en 1:38 y con la sensación de que se me iba a salir el corazón por la boca. El sitio donde hago las series es un poco cuesta arriba hacia la dirección donde había hecho la primera serie así que he justificado el tiempo con la pendiente. Tras el minuto y medio de recuperación he arrancado de nuevo para afrontar la segunda serie. Al terminar he mirado el crono y he visto: 1:39. ¿Cómo podía ser? Había tardado más que la primera cuando se suponía que debía ir más rápido ya que corría cuesta abajo. "Todavía no había calentado del todo, en la siguiente mejoro seguro" me he justificado.

Minuto y medio de recuperación y ¡pam! a por la tercera serie. A duras penas he llegado a terminarla y al mirar el crono he visto 1:44. "¡Qué demonios! ¡Voy cada vez a peor!" me he reprochado. El corazón casi se me salía del pecho y las piernas no tenían fuerza suficiente para afrontar tan rápido 5 series más... Minuto y medio de recuperación y de vuelta a correr. En la cuarta serie, cuando llevaba unos 400 metros he tenido que bajar un poco el ritmo porque sentía que el corazón me iba a estallar. Cuando he parado el crono, a unos 30 metros de cumplir los 500 he marcado 1:32. ¡Qué locura! Me había excedido para conseguir correr en 1:35.

Las sensaciones estaban siendo muy malas y si quería terminar todas las series debía bajar el ritmo. Para la quinta serie, he salido a un ritmo más bajo y parecía que la sensación de fatiga y ahogo había bajado, 1:44. ¡Vaya! Parece que yendo más lento las sensaciones son mejores y no sólo eso, asumiendo que no sólo puedo sino que debo ir más despacio el cuerpo se relaja y funciona mejor. Minuto treinta y salgo hacia la sexta serie habiendo asumido que no tengo por qué hacer las series en 1:35 y que mi tiempo está más cerca del 1:44. Al terminar 1:44, de nuevo. El cuerpo está funcionando mejor, sin embargo, algo sigue no cuadrando dentro de mí. Después del tiempo de recuperación, arranco con la séptima serie intento recordar cuándo fue la última vez que corrí realmente rápido y a la memoria me vienen cosas como El Infierno Cántabro, el Maratón Alpino de Madrid, el Camino de Santiago corriendo, los 100 kilómetros de Madrid a Segovia... Todas ellas carreras de ultradistancia y resistencia. En todas ellas la cualidad física que más he potenciado ha sido la resistencia y en ningún caso la velocidad. ¿Cómo iba a ser capaz de correr rápido si llevaba medio año corriendo distancias más allá del maratón y a ritmos bajos? Al terminar la séptima serie lo vi claro...

"Soy un corredor rápido" era una verdad que fue cierta en el pasado, quizá, a principios de año cuando era capaz de correr 10 kilómetros en menos de 40 minutos. Durante el minuto y medio de recuperación he reflexionado y me he dado cuenta que eso ha cambiado, ahora no soy ese corredor rápido que era hace unos meses, ahora soy un corredor resistente y que corre menos rápido. Había salido a entrenar creyéndome una verdad que ya no era cierta y, por lo tanto, estaba actuando conforme a esa verdad. No sólo estaba actuando según esa verdad sino que además estaba juzgando mis resultados por un rasero que no correspondía. Todos los resultados que estaba obteniendo eran adversos, es más, probablemente mi entrenamiento estaba siendo menos efectivo por correr por encima de lo que debía hacerlo.

Antes de arrancar la última serie he cambiado el "soy un corredor rápido" por "ahora no soy un corredor tan rápido como hace unos meses", entonces ha sido cuando cuerpo y mente se han alineado y he sentido que la cosa fluía, que las piernas corrían con fuerza y que el corazón bombeaba al ritmo que le correspondía. He terminado la última serie en 1:44 pero con la sensación de haber hecho un gran trabajo y con una sonrisa en la cara, lo único que ha cambiado desde la primera hasta la última ha sido que estaba actuando según una verdad que no era cierta.

Este caso es un ejemplo simple de cómo una supuesta verdad puede llevarnos a actuar de forma que no sea coherente con la realidad del momento. Para mí esto no ha tenido mayor trascendencia que unas malas sensaciones durante la primera parte del entrenamiento, sin embargo, imaginemos que hubiera salido de casa pensando que puedo volar y me da por saltar por la ventana...

Cambiar no debe ser doloroso, es más, el cambio es inevitable, es la resistencia al cambio lo que puede ser más dañino.
Lo que se resiste persiste, lo que se acepta se transforma.
Máxima budista.

lunes, octubre 01, 2012

Si quieres llegar rápido...

El sábado 23 por la mañana nos plantamos en la salida de la carrera todos los miembros del equipo Nutrición DE: Dani, Manu, Yeyo, Juan Carlos y yo. Nuestro plan de carrera era sencillo: salir a 6 minutos el kilómetro y aguantar ese ritmo hasta Cercedilla, allí haríamos una parada un poco más larga y subiríamos a Fuenfría andando para bajar desde allí a tumba abierta. Fácil, 100 kilómetros.

Nos agolpamos en la línea de salida y... tres, dos, uno... ¡pam! Pistoletazo de salida y arrancamos a correr. Todos sabemos el plan pero aún así corremos más rápido de lo que habíamos hablado, pero el primer kilómetro es normal correr un poco más rápido, hay que sacar la tensión de alguna forma del cuerpo. Pronto la carrera se ha estirado y nos encontramos los cuatro miembros a nuestro ritmo. Digo cuatro porque Manu corre a su ritmo y ya en la salida le hemos dejado atrás.

Los primeros 10 kilómetros vamos ligeros, bastante por debajo de lo establecido, y nos lo permitimos porque vamos cómodos, sin embargo, en un momento dado Dani nos echa el alto a Yeyo y a mí que, siendo sincero, somos los que vamos tirando más rápido y los que menos experiencia tenemos en ultrafondo. "Chicos, reservad que aún quedan muchísimos kilómetros", nos recuerda Dani. A veces es importante que alguien recuerde el plan puesto que muchas veces estamos enfocados en el ahora y perdemos la visión global. En este caso, Dani, nos recordaba lo que estábamos haciendo y cuál había sido el plan establecido. No tardé en unirme a él a partir de entonces al grito de "¡Ritmo! ¡Vamos muy rápido!" para que aflojásemos el paso y seguir el plan establecido.

Vamos haciendo la goma con los que creemos son los primeros y sin mayores complicaciones llegamos a Colmenar los cuatro juntos. Comemos algo, bebemos un poco de isotónico y seguimos adelante saliendo "primeros". El siguiente punto de avituallamiento está en el Puente Medieval, apenas unos 8 kilómetros desde Colmenar, cuando a apenas 3 kilómetros Yeyo se para y dice que tiene las piernas totalmente sobrecargadas. Paramos a caminar y bajamos hasta el Puente Medieval tranquilamente. Allí, además de decirnos que vamos segundos y que el primer equipo va muy muy rápido, Yeyo nos dice que tiremos nosotros tres, Dani, Juan Carlos y yo y que él sigue por su cuenta, sin embargo, todavía es demasiado pronto para apostar por lanzarnos tres corredores solo ya que corremos el riesgo de que uno de nosotros se rompa y perdamos toda posibilidad de seguir participando por equipos. Nos despedimos de José Manuel y Carlos, miembros del equipo Factor 5, que se unieron a nosotros un poco antes de Colmenar, y arrancamos, como se suele decir, al trantrán.

Esta parte de la carrera es un poco fea: pistas anchas muy llanas, pocos árboles y muy poco que observar. Los kilómetros parece que no pasan por Dani y Juan Carlos y yo llevo arrastrando una "carga" extra desde por la mañana. Me noto hinchado y el portabidones me aprieta la tripa, es una sensación muy desagradable y llevo corriendo incómodo por eso muchos kilómetros. "Chicos, tengo que hacer una parada técnica", les digo a los demás, "seguid que ahora os cojo". No tardo mucho y cuando me incorporo a la carrera veo que los terceros nos pisan los talones, les adelanto y al cruzarnos nos intercambiamos voces de ánimo, la que yo uso es "¡Venga ahí!". Alcanzo al equipo y seguimos todos juntos a ritmo. Enfrentamos la bajada hacia Manzanares y aunque vamos rápido los terceros nos adelantan a muy buen ritmo. Nosotros bajamos a ritmo tranquilo ya que puede que necesitemos las fuerzas dentro de unas horas.

En el avituallamiento de Manzanares, animados por la multitud, nos refrescamos de nuevo, estiramos piernas y comemos algo. En lo que estamos allí, llegan los cuartos y se van haciendo una parada muy corta. Noto en el ambiente del equipo una pequeña tristeza, algo extraño que aún ahora no sé qué es, quizá sólo estuviera proyectando en ellos algo que era mío.

El tramo hasta Mataelpino es bastante llano así que vamos trotando y andando a buen ritmo. Pocos kilómetros antes de llegar a Mataelpino, a lo lejos veo un corredor con bastones, que parece ir arrastrándose. Es el chico con el corrí unos kilómetros el año pasado hasta Cercedilla y con el que había estado hablando por la mañana en la salida. Me pongo a su altura y le pregunto qué le pasa, si está bien. "Al pasar Manzanares, me he empezado a encontrar mal, con nauseas y algo mareado y hacia la puerta del parque me he parado a vomitar", me cuenta. Le pregunto si está bien ahora y si necesita algo, si quiero algo de comer o bebida. "Tengo de todo, sólo quiero llegar a Mataelpino y ahí me quedo", me responde. "Bien decidido", le digo, "el cuerpo te ha dado señales claras de que hoy no es el día. Si hay algo que pueda hacer dímelo". "No, no, tranquilo, ahora estoy bien, voy tranquilo con los bastones. Muchas gracias. Mucho ánimo para vosotros". Veo que está bien y además no quedan muchos kilómetros hasta Mataelpino, apenas un par, así que me uno nuevamente al equipo.

Es curioso cómo es esto del ultrafondo. El año pasado, este corredor llegó a meta en 12 horas y 30 minutos y este año iba para bajar de 12 horas. Probablemente había estado entrenando muy duramente todo el año y seguro que se había levantado con toda la fortaleza, sin embargo, en un momento dado, la cosa se tuerce y a veces es complicado sobreponerse. Hay que aprender a leer las señales del cuerpo y tener claro cuando es el momento y cuando no. Para él, simplemente ese no era el día para hacerse 100 kilómetros.

Llegamos a Mataelpino y llegar allí supone que a partir de ahí vamos a empezar a descontar kilómetros en lugar de sumarlos, es el ecuador de la prueba.

Estando allí, mientras pululo de un lado al otro en busca de bebida y comida, se me acerca un corredor, dorsal 427, y me pregunta "¿Tú eres David, verdad?". Le miro detenidamente pero no sé quién es. "Me has visto en el vídeo de Youtube de la carrera del año pasado supongo", el respondo. "Sí, toma", contesta a la par que me ofrece una pulsera. "Para cuando subas a la montaña, puede que algún día la necesites", dice. Me quedo un poco sorprendido, cojo la pulsera y me la pongo. Me ve la cara de perplejidad y me dice "Son dos metros y medio de cuerda, puede que algún día la necesites". Me quedo pensativo y como un zombie me doy la vuelta y me voy. Diez segundos después reacciono. Me vuelvo hacia él y le digo "¡Joder, tío! Perdona estoy en la parra. No te he dado ni las gracias. De verdad, muchas gracias. ¿Cómo te llamas?". "Me llamo Luis", me responde. "Luis, muchísimas gracias, me la guardaré y espero no necesitarla nunca" le contesto. Estoy muy concentrado y no soy capaz de intercambiar con él ninguna otra palabra sobre la carrera o sobre él.

Dani, Juan Carlos y Yeya salen pitando y yo me retraso un poco despidiéndome de mi padre, quien ha estado en Colmenar y Manzanares animándonos. Salgo tras unos segundos y cuando voy a abandonar el avituallamiento me encuentro con toda la familia de David. Me paro y me gritan y me animan, me preguntan cómo estoy y les digo que bien. Estoy tan emocionado por verles que olvido preguntarles cómo le va a David. Siempre es una alegría encontrarte con gente conocida que te inyecte energías renovadas. Después de besos y abrazos sigo corriendo.

Toca la parte "difícil". Subir a la Barranca, por alguna extraña razón los dos años anteriores se me hizo bastante duro. ¿Por qué? Este año desde luego por el calor. Yeyo y yo empezamos a notar los efectos de Lorenzo que parece que ha dejado de tener piedad por nosotros y calienta con fuerza. Yo siento como que me aplaste contra el suelo, sin embargo, conocedor de la sensación decido que no voy a bajar el ritmo, sé que son sólo señales del cuerpo que, de momento, pueden ser ignoradas. Ayuda mucho que Juan Carlos y Dani vayan tirando con fuerza. Dani incluso sube cantando lo cual entretiene, aunque a muchos corredores les sorprende, a mí no tanto, sé que Dani está muy muy fuerte. Igual que el año pasado el avituallamiento parece que lo han puesto más lejos de lo esperado, pero finalmente vemos a lo lejos la carpa y parece que los males desaparecen. Sellamos, bebemos agua e isotónico y Yeyo y yo nos sentamos en una silla. Noto la cabeza recalentada y un pequeño revoltijo en el estómago. Necesito descansar unos minutos pero cuando me doy cuenta Dani, Juan Carlos y Yeyo ya han salido. No hay más remedio, así que me levanto y les alcanzo. Cuando corres en solitario el riesgo de acomodarse es grande, yendo en equipo este riesgo se reduce y además lo agradezco porque si no me enfrío me cuesta menos arrancar.

Me uno a ellos trotando a buen ritmo y tras unos metros veo a lo lejos de nuevo a toda la compañía de David. "Ahí viene David" dice alguien. Acto seguido veo como Arantxa salta como un resorte hacia el asfalto y cuando ve que soy yo se relaja un poco. Se la nota nerviosa. Yo sé que debe estar tranquila porque David sabrá parar si es lo que debe hacer pero es un tipo muy fuerte y podrá con esto sin problemas. Me paro delante de ellos y de nuevo recibo su energía. "¿Cómo va David? Se me ha olvidado preguntaros antes" les digo. "Llegó 10 minutos después que vosotros" me responde Arantxa. "¡No jodas! Va como un tiro. ¡Qué grande! ¿Y va bien?" le contesto. "Dice que lleva las piernas contracturadas pero que lo va llevando bien" me cuenta. "Dale un besazo de mi parte cuando le veas" le digo antes de seguir corriendo.

El tramo de la Barranca a Cercedilla se hace corto y en realidad es normal ya que son apenas 6 kilómetros y la mayoría del recorrido es bajada donde se puede correr cómodamente. Llegamos a Cercedilla y de nuevo nos encontramos con mi padre que, incansable, nos anima y alienta a la voz de "¡Bravo campeones!".

Nos vamos al avituallamiento en el polideportivo, cogemos las mochilas y nos sentamos en círculo los cuatro listos para comer, cambiarnos de pies, refrescarnos un poco, coger el material obligatorio, la mochila con la bolsa de hidratación y salir de nuevo. Yo ya iba necesitando comer algo más contundente que las barritas o los trozos de fruta. La pasta que hemos preparado con las indicaciones de Dani me sabe a auténtica gloria aunque tampoco lleve gran cosa. No sé cuánto tiempo repostamos pero entre medias vemos llegar a un par de equipos e irse a otros tantos, cuando salimos nosotros echamos cuentas y calculamos que iremos los quintos.

Nuestro plan es subir hasta la Fuenfría caminando a ritmo fuerte y desde allí aprovechar la bajada, si las piernas lo permiten, para ganar algo de tiempo. Salimos del pueblo de Cercedilla y enfrentamos la subida hacia la Calzada Romana. Hemos cogido mis bastones para que Yeyo los use en la subida y no cargue tanto las piernas. Subimos a buen ritmo, entre 9 y 10 minutos el kilómetro, y hacia el kilómetro 72 vemos a un corredor bajando. Es un corredor de uno de los equipos que iba por delante de nosotros. Le preguntamos si todo va bien y si necesita algo y nos responde que no, que está bien pero que se vuelve a Cercedilla. Según nuestras cuentas vamos en cuarta posición.

No tardamos en llegar al avituallamiento de la Calzada Romana donde bebemos agua y al sellar preguntamos cuántos equipos han pasado por delante y nos responde el voluntario del control que vamos en tercer puesto. La emoción nos embarga y sin mucha espera continuamos la carrera. Parece que sabernos terceros nos ha inyectado energía e incluso en las subidas trotamos. Vamos alcanzando y adelantando a bastantes corredores lo que significa que hemos reservado energías suficientes para hacer una buena subida hasta la Fuenfría. Siempre le digo a la gente que la carrera empieza en Cercedilla, llegar hasta allí es fácil, lo duro viene después.

Llegamos a Fuenfría y yo sólo bebo agua, de comer tienen magdalenas y, la verdad, no me apetece tener que digerir algo así. Salen Yeyo, Juan Carlos y Dani sin pausa mientras yo publico en twitter que seguimos terceros con ventaja suficiente sobre los cuartos. En esas entre medias, Dani se cruza con un par de caballos y se para a acariciarlos. Yo me paro a grabar la escena mientras Juan Carlos y Yeyo bajan caminando. Hay un momento en el que nos adelanta un corredor y me paro a pensar que es una escena un poco surrealista que estemos corriendo un ultramaratón y nos hayamos parado a acariciar unos caballos y a grabarlo en vídeo. Bajamos Dani y yo corriendo hasta reunir el equipo al completo. El terreno no es el más cómodo para correr puesto que, aunque se trata de una pista ancha, tiene mucha piedra grande y suelta en mitad del camino. Aún así arrancamos a correr a buen ritmo, 5:45 minutos por kilómetro.

Dejamos que Yeyo marque el ritmo para que se encuentre cómodo y no fuerce demasiado muscularmente ya que la bajada es la parte dura para cuadriceps y rodillas. Bajamos corriendo y caminando a tramos hasta que cogemos una zona asfaltada. En un momento dado, observo la cara de Yeyo y le veo serio, concentrado, sufriendo. Es la cara de una persona que está luchando contra su cuerpo y más duro aún, la cara de una persona que está luchando contra sí misma. Esa lucha, con su sufrimiento y su dolor, es la que al terminar se tornará en placer y disfrute. Superar esos momentos es lo que hace el ultrafondo algo maravilloso, es ahí cuando una persona es apta para el ultrafondo y Yeyo lo es.

Pronto llegamos a La Cruz de la Gallega donde sellamos por última vez antes de llegar a Segovia. En el avituallamiento nuevamente tienen magdalenas y bebida. Un matrimonio que está por allí ayudando a su hijo nos ofrece pan. ¡Pan! ¡Qué lujazo! Le cojo un trozo de pan y le pego un par de mordiscos. Tengo la boca totalmente seca así que lo bajo con un poco de cocacola que me dan en el avituallamiento. No suelo tomar cocacola pero el azucar y la cafeína me van a venir bien para los últimos 11 kilómetros. Nos colocamos las linternas frontales, porque ya se ha hecho de noche y nos queda un tramo un poco incómodo de correr y donde torcerse un tobillo sería una auténtica faena en este punto.

Para mí es fácil esta zona, sé que no queda nada y se lo intento transmitir a los demás. Son 10 kilómetros. Les voy cantando por dónde vamos yendo y por dónde vamos a pasar y sobre todo les advierto que el acueducto de Segovia no se ve hasta apenas 200 metros de la meta. Durante el camino de Santiago aprendí que no saber hasta donde tienes que llegar puede ser desesperante y puede minarte la moral y lo que menos necesitamos a tan pocos kilómetros de la meta es desmoralizarnos. Estos kilómetros se me pasan volando ya que vamos corriendo a buen ritmo a pesar de que llevamos encima ya muchas horas.

El resplandor de Segovia se esconde tras las colinas que vamos superando y cuando ya vemos la ciudad sabemos que ya está hecho. Aún así nos quedan un par de kilómetros. Guardamos los bastones y arrancamos a trotar. Cuando nos damos cuenta ya estamos en la ciudad. Ya es todo línea recta. Rotonda. Cruzar calle. Otra rotonda. Cruces. Más cruces. Y al final entramos en la zona empedrada y ya vemos el acueducto. Entramos en la calle San Francisco y oímos el rugir de la multitud y la megafonía de la organización. En esa calle están esperándome los dos miembros más importantes de mi equipo: mi padre y mi madre.

Mi padre estuvo en casi todos los avituallamientos (Colmenar, Manzanares, Mataelpino y Cercedilla) siguiéndonos, animándonos y dándonos su energía y después de que nosotros salimos de Cercedilla volvió a Madrid a recoger a mi madre que venía en tren desde Barcelona, la recogió y se fueron a verme llegar a Segovia. Con el apoyo de un equipo como el mío uno sólo puede aspirar a hacer grandes cosas y conseguirlas.

Finalmente nos plantamos frente al acueducto de Segovia. Se nos une el hijo mayor de Yeyo, Guillermo, y se agarra a su padre. En línea recta cruzamos los cinco la meta. Nos abrazamos y nos congratulamos por el éxito conseguido. Cada uno buscamos a nuestros seres queridos para compartir ese momento de felicidad. Yo busco a mi equipo, mi padre y mi madre, y les doy un gran abrazo y me emociono.

David, llegó una hora y pocos minutos después que nosotros. Ha completado su primer ultramaratón de 100 kilómetros en 14 horas y 40 minutos, todo un logro y por lo que se merece mi admiración. Sé que ese día fue el primero de muchos otros en los que espero podamos compartir kilómetros.

Manu, por su parte, nos dio una lección de lucha y superación ya que llegó en 19 horas y 30 minutos con molestias estomacales acumuladas durante toda la semana y sufriéndolas durante todo el recorrido. Sé lo que es pasarse tantas horas caminando, porque lo he vivido, y quizá por eso mismo admiro y respeto tanto o más a los corredores que llegan con tantas horas y los mismos kilómetros encima.


Definitivamente hemos llegado terceros pero más importante que subir al podio es la experiencia que hemos vivido. Los trofeos son cosas materiales y, por lo tanto, efímeros. Las experiencias anidan en nuestro corazón y provocan cambios en nuestro interior que son permanentes, son para toda la vida. Cada éxito que cosechamos es un cambio hacia esa versión mejorada de nosotros mismos. Cruzar la meta compartiendo la vivencia con tres grandes deportistas y personas a mí me cambia como persona y me aporta vivencias, experiencias y lecciones para la vida que jamás olvidaré.


Si quieres llegar rápido, ve solo.
Si quieres llegar lejos, ve acompañado.

jueves, septiembre 20, 2012

Espíritu de superación

Querer ser mejor luchando y haciendo todo lo posible a cada instante para conseguirlo y no desistir cuando no se consigue. Eso es para mí el espíritu de superación. Conseguirlo no es primordial, aunque sí importante, puesto que he aprendido que en el camino se esconden pequeños grandes placeres que hacen que merezca la pena seguir al pie del cañón.

En el mundo de los corredores populares en el que ahora me muevo, cada día me encuentro con casos de gente que quiere ir un paso más allá, superarse a sí mismo, sin presión externa, sólo por iniciativa propia. El primer paso es el complicado, sentarse a pensar y encontrarse a uno mismo diciendo "quiero prepararme para acabar una carrera de 10 kilómetros". La traducción inconsciente que la cabeza hace de esto es "voy a someterme a una rutina de salir a correr varios días a la semana, haga frío o calor, llueva o nieve. en lugar de quedarme en casa sentado en el sofá viendo la televisión, lo cual me va a provocar cansancio y molestias y va a ser un cambio brutal en mi comodidad". Eso al cerebro le aterra, es algo que el cerebro intentará, por todos los medios, convencernos para no hacerlo. Luchar contra nosotros mismos, ese es el gran reto. Correr 10 kilómetros es anecdótico, es lo que ganamos por el camino lo que es realmente valioso, es salir de nuestra zona de confort lo que nos fortalece como personas.

Muchas veces me preguntan que a quién admiro como deportista y en realidad no existe una sola persona a la que yo realmente tenga esa admiración. Mis ídolo deportivo es ese amigo con el que me encuentro y me dice "¡Oye! Me estoy preparando para acabar un 10k" o cuando me mandan un mensaje una amiga y me comenta "Como los 10 kilómetros ya los controlo, voy a prepararme para acabar un medio maratón, ¿algún consejo?". No importa el tiempo, no importa la distancia, importa esforzarse por superarse, importa plantarse y querer hacerlo y dar los pasos necesarios para conseguirlo. Esos son mis ídolos, esas personas que quieren superarse a sí mismos, que cada día quieren ser una mejor versión de sí mismos.

Muy a menudo hablando con amigos y conocidos sobre carreras de distancias, llamémoslas, normales, terminan diciendo la frase "pero bueno, eso para ti no es nada". Efectivamente, en mi estado de forma actual, correr 10 kilómetros no me supone un esfuerzo, incluso correr medio maratón puede ser algo sencillo, sin embargo, cuando yo voy a una carrera de 10 kilómetros o un medio maratón, voy para superarme a mí mismo y obviamente no voy sólo para acabar. Cada uno debemos buscar nuestros límites para superarlos y celebrar nuestros éxitos sin compararlos con los de los demás.

Todo esto viene a que este próximo sábado afronto, por cuarta vez, una distancia que tanto placer me aportó en el pasado: los 100 kilómetros. Por tercer año consecutivo vuelvo a presentarme a los 100 kilómetros de Madrid a Segovia por el camino de Santiago

Estoy ilusionado y ansioso, aunque la distancia ya es "conocida" para mí, porque este año se dan dos circunstancias que le aportan más interés. La primera es que este año participo en equipo (el equipo NutriciónDE), lo cual significa que todos debemos correr juntos durante los 100 kilómetros. Correr con amigos podría hacer que la cosa se plantease de forma más relajada, sin embargo, cuando corres en un equipo en el que el nivel es muy alto, y mis compañeros se encuentran en un estado de forma envidiable, estar a su nivel te obliga a sacar lo mejor de ti e incluso más. Te fuerza a ser la mejor versión de ti mismo, es más, te lleva a intentar ser mejor de lo que ni te habías planteado. A veces necesitamos que otros nos animen a superarnos por encima de lo que creemos que podemos hacer. Este año el equipo NutriciónDE va a ser mi motivador durante 100 kilómetros. Me ilusiona correr en equipo, estar codo con codo, ayudándonos, tirando unos de otros, sabiendo que si te fallan las piernas tienes a un compañero que te "prestará" las suyas. A pesar de que la mayoría de las carreras de larga distancia las he hecho sin compañía, que no solo, soy corredor de equipo.

La otra circunstancia y la que realmente me ilusiona de forma más profunda es que un gran amigo, David, se enfrenta por primera vez a una prueba de ultrafondo. David fue el catalizador de que yo empezara a correr distancias más largas. En concreto fue quien me animó a correr mi primer medio maratón y con quien corrí mi primer maratón. Hemos compartido muchos kilómetros y espero que sigamos compartiendo muchísimos más. Además ahora que se ha metido en el ultrafondo sé que va a querer mucho más.

Admiro a quien decide enfrentarse a una carrera de 10 kilómetros por primera vez, a quien lo hace a un medio maratón y admiro enormemente a quien se entrena duramente para afrontar su primer maratón, sin embargo, el ultrafondo es otra cosa. El ultrafondo no es sólo cosa de correr, no es algo que tenga que ver sólo con el deporte. El ultrafondo es ir más allá en lo físico, sentir que has llegado al límite físicamente y sobrepasarlo, varias veces. El ultrafondo es querer seguir a pesar de querer parar. El ultrafondo es dolor y placer que se confunden. El ultrafondo es encontrarse con uno mismo durante horas. El ultrafondo es algo tan especial que todas las palabras que se digan sobre ello se quedarán cortas para expresar las emociones y sentimientos que nos provoca. Por eso, mi admiración hacia aquellos que se aventuran a probar y repetir en el ultrafondo es máxima. David para mí ya eres ganador,  terminar la carrera sólo es la guinda del pastel.

Todo lo que había que hacer ya está hecho, ya hemos disfrutado de lo que teníamos que disfrutar hasta ahora, ya sólo queda paladear la lucha del día de la carrera. Si quieren conocer a una horda de corredores y marchadores deseando superarse a sí mismos vayan a Plaza Castilla a las 8:30 y verán como partimos hacia Segovia. Por mi parte, iré informando de nuestra evolución en carrera a través de mi cuenta de twitter, El Rincón Barrido, e intentaré escribir una crónica los días siguientes a la carrera.

No quiero cerrar este post sin invitarles a hacer una reflexión: ¿cuándo fue la última vez que se mejoraron a sí mismos en algo?

miércoles, septiembre 05, 2012

Abuelo, qué es la felicidad

- ¡Ay, hija mía! ¿Qué preguntas me haces? ¿Qué es la felicidad? Pues mira la felicidad es algo tan abstracto y tan difícil de definir... tal es así que la felicidad es diferente para cada persona.
- ¿No existe una definición de felicidad?
- Sí y no. Cada uno de nosotros definimos nuestra felicidad de una forma y a partir de esa definición conseguiremos ser más felices o menos felices.
- ¿Quiere eso decir que yo tengo que definir lo que es la felicidad para mí?
- Eso es.

La pequeña frunce el ceño mientras mira al suelo buscando en su pequeña cabecita la siguiente pregunta sin respuesta.

- Abuelo, ¿cómo se hace eso? - estalla la niña tras unos segundos de reflexión.- Yo nunca he tenido que definir nada.
- Mira, hija, a medida que te vayas haciendo mayor te irás dando cuenta de qué cosas quieres conseguir en la vida y con quién quieres compartirlas.
- ¿Cosas, abuelo? ¿Como un peluche?
- Sí, aunque no sólo cosas materiales. También otras cosas que no puedes tocar.
- No entiendo, abuelo. Si son cosas que no puedo tocar, ¿cómo voy a conseguirlas?
- ¿Te acuerdas del concurso de dibujos del colegio?
- Sí, estuve dibujando una semana entera. Me costó mucho hacerlo pero al final gané el estuche de pinturas que daban al primer premio.
- Y eso te hizo feliz, ¿verdad?
- Sí, estaba muy contenta porque había ganado el premio. El dibujo me había costado mucho.
- Eso es, habías trabajado muy duro, incluso dejaste de bajar con tus amiguitas al parque para dibujar, y al final todo ese trabajo tuvo su recompensa. La vida estará llena de concursos, cosas que quieres conseguir, que tendrás que ir escogiendo. Unos los ganarás y otros no, eso es así, sin embargo, el que no ganes te servirá para aprender a apreciar el que sí ganes.
- ¿Y podré escoger cualquier concurso que yo quiera?
- Efectivamente, a medida que pase el tiempo te irás dando cuenta de que quieres conseguir unas cosas antes que otras y entonces escogerás. Por ejemplo, ahora te gusta dibujar pero a lo mejor en el futuro te gusta cantar, jugar con la pelota o hacer esculturas y poco a poco tendrás que escoger cuáles de esas cosas te apetecen más conseguir y compartir.
- ¿Compartir, abuelo?
- Sí, hija, compartir.
- ¿Pero cómo se pueden compartir cosas que no se pueden tocar?
- Verás, ¿qué fue lo primero que hiciste cuando viniste a verme después de ganar el estuche de pinturas?
- Fui corriendo a enseñártelo.
- Eso es, viniste y me lo enseñaste, porque querías que yo viera lo que tú habías conseguido y que te hacía tan feliz. Así es como se comparten los logros que uno consigue, contándoselo y mostrándoselo a las personas que quieres. Incluso habrá veces que querrás incluir a esas personas en lo que estás haciendo para que lo disfruten contigo.

La niña agacha la cabeza de nuevo pensativa y se queda mirando a sus manos que juguetean lentamente.

- Abuelo, esto de ser feliz parece muy difícil.

El abuelo rompe a reír a carcajadas y le responde.

- No te preocupes, pequeña, yo te ayudo hasta que tú vayas aprendiendo. Dime, ¿qué es lo que más te gusta que hagamos juntos?
- Pues... -piensa. -Me gusta mucho cuando nos bajamos al parque, paseamos y me cuentas cosas.
- No se diga más, bajemos al parque a dar un paseo.

lunes, agosto 27, 2012

Correr por el camino de Santiago sin asistencia

Más detalles en Ultraroncero.

La siguiente entrada tiene como fin único detallar qué material llevé yo corriendo por el camino de Santiago Francés durante 14 etapas en la segunda quincena del mes de julio. No soy ningún experto corredor de resistencia ni nada similar, sólo voy a mostrar qué llevé, qué utilicé y qué no. En este sentido, se aceptan sugerencias y comentarios de todo tipo, de tal forma que todos podamos aprender de las experiencias de los demás.

La mochila
Yo llevé una mochila Raidlight endurance de 10 litros. Se trata de una mochila muy ligera (610 gramos) muy bien pensada.

Su mayor ventaja es su ligereza y su acolchado trasero que se adapta perfectamente a la espalda así como su poca rigidez que permite a la mochila adaptarse al contenido.

Su mayor desventaja es que, para los que como yo utilizamos bolsa de hidratación, cuando la mochila va totalmente llena hay que vaciarla para poder sacar y meter la bolsa de hidratación. Esta desventaja desaparece cuando se utilizan bidones de agua enganchados a los tirantes de la mochila.

Ropa
En mi equipaje sólo llevé ropa deportiva de tal forma que cuando llegaba al albergue me ponía la ropa que iba a utilizar al día siguiente para correr. No tenía ropa de calle, sólo ropa de deporte.
  • 3 camisetas: dos de licra ligeramente compresivas y una técnica de correr sin mangas. Esto va a gusto del consumidor, sin embargo, como en las carreras, debe ser ropa que esté más que utilizada. Un consejo: la mochila puede provocar rozaduras en la ropa y destrozarte alguna de tus camisetas favoritas. Le pasó a un amigo que conozco...
  • 2 pantalones: marca Kalenji, sin virguerías. Me parecen muy cómodos y ya había corrido con ellos un ultra y muchísimas horas de montaña.
  • 1 malla pirata: hasta debajo de las rodillas. Muy útil en caso de frío y/o lluvia. El inconveniente de los pantalones normales es que con lluvia se pegan a la piel provocando dobleces que pueden provocar rozaduras en las piernas. Yo llevé esta malla ya que en caso de lluvia, aunque empapada de agua, al ir pegada al cuerpo desde el comienzo no hay problema de rozaduras.
  • 4 pares de calcetines: de caña baja sin llegar a ser tobilleros. El camino de Santiago transcurre mayoritariamente por pistas y caminos con mucha tierra. En caso de llevar calcetines tobilleros se corre el riesgo de que entre suciedad por dentro del calcetín y que esto provoque rozaduras en los pies.
  • zapatillas: en mi caso llevé unas Adidas Solution 2 de asfalto. Opté por estas porque eran las zapatillas que más uso tenían de los 3 pares con que contaba en aquel momento. Aunque estaban un poco pasadas de kilómetros las preferí por varias razones. La primera de todas la comodidad, ponerme las zapatillas cada mañana era como ponerme los calcetines, se adaptaban a mi pie perfectamente. La segunda es que al ser zapatillas de asfalto vienen con rejilla por delante y por los laterales lo que permite transpirar muy bien al pie y evitar recalentamiento del pie y la humedad. De esta forma la posibilidad de ampollas se reduce casi a cero.
  • jersey: yo llevé un jersey Under Armour semiimpermeable y cortavientos. El hecho de ser algo impermeable es una ventaja cuando la lluvia es muy muy muy ligera ya que nos evita tener que ponernos el chubasquero.
  • chubasquero: en mi caso llevé un chubasquero Marmot totalmente impermeable y transpirable. Apenas pesa 200 gramos, muy recomendable.
  • 1 braga: en caso de frío, nunca está de más para protegerse la garganta o taparse la nariz y boca. El último día la usé a modo de cinta para la cabeza  en lugar de la gorra para evitar que me cayera el sudor sobre la cara ya que no hacía mucho sol y la humedad me estaba haciendo sudar mucho.
  • gorra con capa: la capa para volar. Estamos hablando de pasarse bajo el sol más de 6 horas en verano. En mi caso llevé una gorra Salomon muy ligera y que, con frío, evacúa mucho el sudor y con calor mantiene algo de humedad. La capa es muy útil para no quemarse el cuello.
  • gafas de sol: los ojos, como la piel, también se ven expuestos a los rayos del sol. Hay que protegerlos. Desde las 11 de la mañana aproximadamente a mí se me hacían necesarias.
  • chanclas: yo las llevé por dos razones. La primera para ducharme en los albergues y evitar coger hongos en los pies. La segunda para caminar durante las tardes por los pueblos o por el albergue sin tener que volver a calzarme las zapatillas y darle un respiro a los pies. He de decir que muchas veces caminaba descalzo allá donde iba ya que me daba mucha liberación a los pies y las piernas.
  • toalla: para secarse después de la ducha... obvio, ¿no?
Con respecto al botiquín, al aseo personal y cuidado de los pies, yo llevé:
  • minineceser aseo personal: en mi caso sólo llevaba el cepillo de dientes. A modo de curiosidad, como el cepillo que quería llevar era muy largo le corté la caña para que cupiese en la bolsa en la que lo quería meter. Lo importante era minimizar el espacio y maximizar la utilidad. Obviamente el cepillo se quedó en Santiago...
  • vaselina: para los pies y pliegues. La vaselina crea una capa oleosa que provoca que la fricción del pie con la zapatilla y calcetines no sea tan abrasiva y retrasa la aparición de ampollas.
  • crema rozaduras: yo llevé Natusan, una crema que se utiliza para las rozaduras que le salen a los bebés. En mi caso la utilicé todos los días como primera capa sobre la planta de los pies y las zonas donde preveía que iba a rozarme más la zapatilla. En alguna ocasión la utilicé para curar alguna rozadura que me salió en la ingle.
  • crema solar: imprescindible para cuidarse de los rayos del sol sobre todo a sabiendas de que nos vamos a pasar muchas horas bajo el abrasador sol del verano en la llana Castilla.
  • minibotiquín
    • gasas
    • betadine
    • aguja (gruesa, intramuscular)
    • jeringuilla
    • compeed
    • esparadrapo
    • venda adesiva
    • aguja
    • hilo
    • alguna droga: paracetamol en mi caso que, afortunadamente, no necesité.
Del botiquín explicar que llevé una aguja y una jeringuilla para en caso de tener grandes ampollas extraer el líquido con la jeringuilla e inyectar betadine en el interior. Hay que destacar que este procedimiento es muy muy muy desagradable (escuece a muerte) ya que estamos desinfectando una zona que no tiene piel. La ventaja de este método es que haciéndolo así, se cura la herida por debajo de la piel de tal forma que cuando esta se cae la parte de abajo ya está seca y se está generando piel nueva. Yo no tuve que hacerlo ningún día, sin embargo, a mí no se me ocurriría hacerlo a mitad de ruta, puesto que, como digo, se trata de un proceso muy desagradable. De haberlo tenido que hacer lo habría hecho al finalizar cada etapa.

Por otro lado, el hilo es otra forma de tratar las ampollas. Se pincha la ampolla con el la aguja y se atraviesa la ampolla con el hilo previamente empapado en betadine. Se corta el hilo dejando la ampolla atravesada por el hilo. Además de desinfectar ligeramente la herida evita que el líquido se vuelva a quedar dentro de la ampolla formando bolsa de nuevo. De esta forma la ampolla se va secando antes.

Otros aparejos
Además de la ropa y el botiquín en mi mochila llevé:
  • saco de dormir: un saco de 350 gramos (fino como una pequeña manta) que apenas ocupaba espacio.
  • navaja multiusos: yo llevo una muy pequeñita, apenas pesará 10 gramos. Nunca está de más llevar algo así por si acaso.
  • mechero: sirve para desinfectar las agujas.
  • cámara de fotos + cargador: además de para documentar el camino de Santiago, yo llevé una pequeña cámara de fotos que también grababa vídeo de tal forma que en los momentos de mayor bajón y soledad (yo fui solo los 14 días) uno puede hablarle a la cámara y expresarle tu yo del futuro cómo te sentías o qué problemas estabas teniendo. Esto para mí fue bastante liberador ya que una vez que lo cuentas pierde poder en tu cabeza y no pesa tanto. 
  • móvil + cargador: yo llevé un smartphone con conexión a internet para compartir con familiares y amigos mi progreso día a día. Para ahorrar batería, ya que los smartphone tienen ese grandísimo problema, yo lo llevaba totalmente apagado. ¿Por qué? Hay muchas zonas del camino de Santiago con mala cobertura y en esas zonas los teléfonos móviles están continuamente buscando red y eso puede hacer que nos quedemos sin batería en menos de una hora. ¿Por qué no en modo avión? El calor durante el camino haría recalentarse mucho al teléfono en caso de ir encendido (más que si va a apagado) lo que haría que la duración de la batería fuese muchísimo menor.
  • libreta y bolígrafo: cada tarde, apuntaba en mi libreta qué había comido, cómo me encontraba físicamente, qué cosas había sentido o pensado durante todo el camino y qué gente había conocido.
Nunca olvidarse
  • pasión e ilusión: si uno no tiene pasión o ilusión por lo que hace no merece la pena hacer este tipo de cosas.
¿Cuánto pesaba el equipaje completo?

El peso total del equipaje en seco era de 3 kilos. En este sentido hay que decir que la cantidad de agua que se rellenaba era especialmente importante ya que, en caso de llenar totalmente la bolsa de hidratación, el peso aumentaba en un 66% y se notaba la diferencia a la hora de correr. De hecho, la bolsa de hidratación la llené a tope sólo una vez y cuando me puse la mochila y empecé a correr tuve que bajar bastante el ritmo. Para quien piense que no influyen dos kilos para correr, decirle que la diferencia es abismal y físicamente se nota esa carga extra.
¿Qué no usé pero que volvería a llevar?
  • La malla pirata. Aunque no la usé en esta ocasión la volvería a llevar. Pensándolo fríamente era mi única prenda de abrigo para las piernas. En caso de frío o lluvia la malla habría sido de gran utilidad. Quizá el mayor inconveniente de cargar con ella fue el volumen que ocupaba, no así tanto el peso.
  • Algunas cosas del botiquín como la jeringuilla y la aguja no tuve que utilizarlas, sin embargo, las volvería a llevar, apenas ocupan espacio y no pesan nada y pueden ser muy útiles en un momento dado.
  • Tampoco tuve que usar el paracetamol, sin embargo, volvería a llevarlo. Nunca se sabe cuándo puede dolernos la cabeza o cuando un dolor muscular, en mitad de la nada, puede ponernos en jaque.

¿Qué no volvería a llevar?
Estoy bastante orgulloso de la selección de material que hice ya que utilicé el 95% del material que llevé.

¿Qué habría llevado?
  • Gel de ducha y/o champú. Prescindí de ello y quizá, en algunos momentos me hubiera apetecido darme una duchita y restragerme con un buen gel de ducha y lavarme la cabeza con un buen champú. Es totalmente prescindible, no va a pasar nada por ducharse sin geles y/o champúes durante dos semanas.
  • Un botecillo de detergente líquido. Muchos albergues te venden detergente para lavar la ropa en las lavadoras que hay. En mi caso lavé toda mi ropa a mano siempre para no arriesgarme a que una lavadora se comiera una de las pocas prendas que llevaba en mi equipaje. La ropa que llevaba era ropa muy específica y difícil de encontrar en el camino, además de que en caso de tener que comprar ropa nueva el riesgo de rozadura era muy grande. En el caso de los calcetines, que eran los que más suciedad acumulaban, un poco de detergente líquido habría facilitado la labor. Aún así, siendo concienzudo en el proceso de lavado la ropa queda perfectamente y lista para su uso lavándola a mano y sin detergente.
¿Qué pasa con el agua?
En mi caso, para portar el agua, llevé una bolsa de hidratación de 2 litros con tubo para poder adaptarla a la mochila e ir bebiendo a través de él cómodamente mientras corría. ¿Son necesarios 2 litros de agua? En según qué partes del camino es recomendable rellenar la bolsa al completo. Hubo tramos de hasta 17 kilómetros en los que no encontrabas más que campos de alfalfa y la nada a ambos lados del camino. Ni un pueblo y mucho menos una fuente. Nunca llegué a quedarme sin agua, aunque sí llegué a estar al límite.

Cabe destacar que a partir de León el número de fuentes en el camino se reduce drásticamente de tal forma que es recomendable rellenar un poco más de agua por si acaso. En Galicia hay que remarcar dos circunstancias: hace menos calor pero hay más humedad. Con mucha humedad se tiende a sudar más aunque la sensación de calor sea menor, hay que tener mucho cuidado con esto y no dejar de beber durante todo el recorrido.

Tuve mis dudas sobre si llevar pastillas de sales o no. Finalmente no las llevé y no tuve ningún problema. Intentaba beber alguna bebida isotónica cuando veía que sudaba mucho y también comía cosas con alto contenido en sales minerales: jamón, frutos secos, etc. Un buen rehidratante es la cerveza, pero sin alcohol, ya que el alcohol necesita ser expulsado del cuerpo y eso requiere de más líquido por lo que beber mucha cerveza con alcohol y correr puede provocar que nos deshidratemos más rápidamente. Por no hablar de que te emborrachas fácilmente si te tomas dos cervezas sin haber comido nada después de haber corrido durante 8 horas. Y hablo desde la experiencia.

En mi caso iba controlando mi hidratación a través de la orina. Es importante controlar el color (ni muy claro ni muy oscuro) y la frecuencia con que hacemos nuestras paradas hidráulicas. En mi caso había ocasiones que paraba hasta 3 veces desde que arrancaba a correr por la mañana hasta la hora de la comida, lo que significaba que me estaba hidratando bien y, quizá un poco de más, ya que mi cuerpo iba eliminando el líquido sobrante. Sin embargo, en las olas de mayor calor no paraba ni una sola vez a orinar ya que el cuerpo estaba aprovechando todo el líquido que yo bebía para mantener la temperatura del cuerpo a través del sudor.

¿Y qué como?
Este asunto me llevó muchos quebraderos de cabeza y durante los primeros días fui probando diferentes cosas hasta que llegué a la conclusión que la mejor opción para llegar con energía suficiente al final de cada etapa, era hacer buena carga de hidratos durante la tarde/noche y comer algo con alto contenido calórico y de lenta absorción (hidratos de absorción lenta, como pan, pasta o arroz) a mitad de etapa. El mayor inconveniente de hacer una comida en el camino (en mi caso opté, tras muchas pruebas por comerme un bocadillo de jamón hacia las 11 o 12 de la mañana) es que con el estómago lleno y en plena digestión el cuerpo funciona bastante más lento ya que la digestión requiere mucha concentración de sangre en el estómago.

Otras cosas de interés
Este consejo es aplicable no sólo al camino de Santiago sino a cualquier ruta que sea haga por larga o corta que sea. Relativiza lo que te diga la gente. Por lo general, la gente no tiene conciencia de la distancia que hay entre dos sitios. En una ocasión, pregunté a un señor a qué distancia quedaba el siguiente pueblo y me contestó que en a 9 kilómetros. Llegué en 20 minutos. Realmente había 3 kilómetros. Es un ejemplo llevado al extremo pero cuando uno no lleva ninguna referencia espacio temporal hay que mantener la calma 

Aunque uno haga el camino de Santiago por motivos deportivos hay cosas que uno no debe dejar de hacer. Hablar con la gente del camino es una de las cosas que mayor placer me daba cuando llegaba a los albergues. Cada persona es un mundo y existen unas curiosas ganas de compartir y todo el mundo tiene algo que aportarte.

No vayas con prisa, párate a mirar y observar el paisaje. Levanta la cabeza mientras corres y mira a tu alrededor, haciendo el Camino de Santiago uno puede disfrutar de vistas que en coche jamás vería.

Por último, no dejes de disfrutar cada minuto, cada kilómetro, cada lugar, cada persona. Si no lo haces, cuando llegues a Santiago te darás cuenta de que sólo has perdido el tiempo.

Actualización: había olvidado hablar sobre el peso total del equipaje. Gracias Álvaro.

martes, agosto 14, 2012

De Pamplona a Santiago a pie en 14 días

Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo.


Viajé, disfruté y llegué. Como ya conté antes de partir, mi nuevo reto era hacer el Camino de Santiago Francés corriendo en etapas ultramaratonianas, solo y sin asistencia. Durante dos semanas me levanté de la cama, me calcé las zapatillas y salí a correr, 40 kilómetros el día que menos y 63 el día que más, con la única compañía de mi mochila y el sonido de mis zancadas contra el suelo. No, no es la heroicidad de ningún atleta de élite, es una pequeña historia de superación personal.

Antes de salir hacia Pamplona tenía miedos y dudas, no sabía a lo que me enfrentaba y lo desconocido siempre nos desconcierta un poco. Yo había escogido mi camino, tenía claro que eso era lo que quería hacer y a punto de enfrentarme con ello lo dejé de tener claro. Es una situación normal amilanarse justo cuando estamos a punto de salir de nuestra zona de confort. El cerebro es muy cómodo y le gusta mantenerse haciendo aquello a lo que está acostumbrado, salir de ahí es un esfuerzo titánico para él e intenta convencernos de que eso que queremos hacer no es realmente lo que queremos hacer. Habrá quien esté pensando que hablar por separado de lo que nuestro cerebro nos dice a nosotros como persona es un tanto extraño, sin embargo, no lo es tanto. Como seres humanos tenemos la capacidad de lo que se llama la autoconsciencia, que viene a ser la capacidad introspectiva de revisar qué estamos sintiendo y qué estamos pensando en un momento dado. El cerebro funciona de una forma y si cuando somos conscientes de ese funcionamiento podemos analizar mejor los mensajes que nos manda. 

En mi caso, había decidido hacer algo y había puesto mis esfuerzos en preparar todo lo necesario para poder luchar por aquello que quería y no me iba a echar atrás en el último momento. No debemos dejarnos autoconvencer a última hora y si en su momento tomamos la decisión al menos hay que intentarlo. No tiene nada de malo dejarlo a medias, siempre y cuando sea realmente lo que uno quiere hacer, pero por lo menos hay que dar el primer paso, siempre.


Mi viaje empezó también con un sólo paso, en Pamplona, y siendo sincero, me costó empezar, literalmente me costó dar el primer paso. Estando frente al albergue municipal de Pamplona con mi credencial del peregrino vacía, la cabeza lista y el cuerpo preparados, me resistí durante unos minutos a arrancar a correr. A veces da miedo dar el primer paso porque sabemos que dar el primer paso significa empezar a salir de nuestra zona de confort. Nos ocurre a menudo en la vida. Tenemos un trabajo que no nos gusta, en el que no nos valoran y en el que creemos que estamos perdiendo el tiempo y, sin embargo, nos cuesta buscar otro mejor. Vivimos una relación infernal en la que continuamente hay problemas y donde nos faltan cosas y cuesta hablar con nuestra pareja para intentar solucionar el asunto. Y como estas situaciones, mil más. Todas ellas significa salir de nuestra zona de confort, romper nuestra rutina, por eso cuesta tanto dar el primer paso.

Yo di mi primer paso y tras ese vinieron experiencias, vivencias, emociones, sentimientos, personas... un sin fin de maravillas que no habría tenido en caso de haberme quedado en casa tumbado en el sofá. ¿Estaría más cómodo? Probablemente, pero de entrada yo sabía que podía ganar más haciendo ese viaje que quedándome en casa y en mi vida colecciono vivencias, experiencias y emociones y dando ese primer paso estaba arrancando una larga colección.


Pero no nos engañemos, no todo fue maravilloso. El primer día fue bastante duro a partir del kilómetro 30, me dolían las piernas, me molestaban las rodillas, me dolían los tobillos, sin embargo, sabía de sobra que era algo que iba a pasar y, aunque uno piensa que está preparado para afrontarlo, cada vez es diferente porque nosotros somos una persona diferente a cada instante y cada lucha debe ser resuelta en el instante en el que se produce. Por mi cabeza durante el primer día a menudo pasaba la idea de que si entonces estaba así, ¿cómo estaría el segundo día? ¿Y el tercero? La cosa tenía mala pinta. ¿Pensé en abandonar entonces? No, en ningún momento, porque he aprendido que posibles problemas que se me puedan presentar en el futuro no pueden ser resueltos hasta que ocurren, de hecho, aquello no era un problema, al menos no todavía y, por lo tanto, no podía resolverlo de ninguna manera. Sencillamente me preocupé de resolver los problemas que se me presentaban en cada momento y que podía resolver y no dejarme influir por los posibles problemas que podrían ser, o no ser, en el futuro. Seguir adelante e ir resolviendo los problemas reales que se nos presentan en cada instante, esa es la clave.

El segundo día no fue mucho mejor. Levantarse de la cama fue un auténtico esfuerzo titánico, apenas podía mover las piernas, totalmente sobrecargadas y agarrotadas, y las rodillas parecían estar gritándome que se negaban a funcionar. ¡Era el segundo día y ya estaba así! La cosa pintaba mal, sin embargo, revisé mi estado físico y pensé: "¿Puedo correr? Sí. Veamos hasta donde puedo llegar.". Me mentalicé y dando el primer paso del día, y con gran esfuerzo, empecé a correr. La cosa al principio fue dura y no mejoró mucho. A los pocos kilómetros de Lizarra empecé a notarme físicamente mal, débil, sin fuerzas, torpe; y anímicamente totalmente derrumbado. Si paraba de correr me temblaban las piernas y podía casi caerme al suelo, seguir corriendo me costaba pero quedarme parado no era una solución, parar no me llevaba a ninguna parte. A duras penas llegué al siguiente pueblo, Los Arcos, con mucha lucha contra mi propio cuerpo, y allí me senté a reflexionar. ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué sensaciones estaba teniendo? ¿Por qué de repente estaba tan anímicamente derrotado? Fácil: estaba teniendo una pájara. No era la primera vez que estaba en esa situación sabía cómo resolverla así que puse los remedios a mi alcance: comí y bebí bien y sin dejarme reposar continué caminando hasta la salida del pueblo. Cuando llegué al final del pueblo mi estado físico había cambiado totalmente y anímicamente, aunque no al 100%, al menos me había recuperado como para volver a correr, y así lo hice.

Es importante conocerse a uno mismo, saber qué nos está pasando en cada momento para poder resolver las situaciones que se nos presentan. En mi caso, mi estado anímico era provocado por el estado físico y, aunque en el momento es complicado darse cuenta y salir de ese bucle, tras una rápida reflexión lo supe. Todos los pensamientos que me venían no eran míos, eran provocados por el estado físico. Una vez resuelto el problema físico toda mi situación cambió. A diario nos ocurren situaciones parecidas que no sabemos manejar porque no nos paramos a conocernos, saber qué nos provoca un estado emocional nos permite manejarlo y llevarlo mejor o directamente ignorarlo.

Mi situación física hasta el quinto día fue dura, el cuerpo cada vez iba a menos y los últimos kilómetros se me hacían muy cuesta arriba. También influía que el calor apretaba a partir de las 12 de la mañana y que a esas horas ya llevaba muchos kilómetros encima. A partir del tercer días aprendí a detectar qué estados mentales me provocaba el excesivo calor y poco a poco fui manejándolo de mejor manera. Físicamente el calor me afectaba en que sudaba más y la cabeza se me recalentaba mucho. En un momento dado, pasando por un mal momento, cogí la pequeña cámara que llevaba y comencé a grabarme para dejar constancia de cómo estaba yendo la cosa. Empecé a contar que acababa de terminar una gran subida y que llevaba llaneando varios kilómetros y de repente las palabras no me salían. En mi cabeza aparecían los conceptos y yo era capaz de razonar y era consciente de que no era capaz de articular palabra. Intenté explicar qué me estaba pasando en ese instante, sin embargo, seguía sin ser capaz de hablar. Pasados unos segundos parece que la cosa se pasó y por fin pude hablarle a la cámara. Todo había sido producto del cansancio y del calor.

Mi amigo David me había insistido: "aguanta hasta el quinto día, ya verás como todo cambia". No podía más que confiar en él, ya había hecho el camino de Santiago y tenía más experiencia que yo. El quinto día por la mañana me levanté y, como siempre, hice revisión de mi estado físico: no notaba carga en las piernas, las rodillas apenas me molestaban, los tobillos parecían fuertes y los pies los tenía perfectos. ¡Genial! Parecía como si el cuerpo hubiera asimilado los kilómetros que ya tenía encima y estuviera en disposición de continuar tantos días como fuera necesario. Obviamente cada día el cuerpo iba a menos a medida que iban avanzando los kilómetros, sin embargo, por las tardes, después de la siesta ya me encontraba casi recuperado. El cuerpo es una máquina extraordinaria que siempre da más cuando se le pide.

Los sucesivos días fueron evolucionando de forma similar y físicamente cada día terminaba en mejor estado. Anímicamente fui aprendiendo a detectar cuando se me iban a proyectar estados negativos y directamente no dejaba que ocurriese. Muchas veces nos ocurre que hacemos ciertas cosas que inevitablemente nos provocan malestar. Por ello, es importante detectar qué acciones o qué situaciones nos lo provocan y directamente evitarlas y, en caso de no poder evitarlas, aprender a manejarlas y no dejar que nos controlen, sino controlarlas nosotros a ellas.

Mucha gente me ha preguntado sobre el tema motivación. En este sentido me gustaría definir dos niveles de motivación, los he llamado macromotivación y micromotivación. La macromotivación es lo que te mueve a hacer grandes viajes, a afrontar grandes retos y grandes aventuras. En mi caso la macromotivación básica era llegar a Santiago desde Pamplona siendo mi único vehículo. También quería volver a ponerme a prueba y volver a encontrar al luchador que había sido hacía tiempo y que tanta fuerza y energía irradiaba y que hace tiempo había desaparecido.

En segundo lugar está la micromotivación que son las razones que te mueven cada mañana a levantarte y afrontar ese día, esa parte de reto. La micromotivación principal de cada día era viajar, disfrutar del paisaje y correr disfrutando de mí mismo para llegar al albergue que había planificado, descansar y poder charlar con el resto de peregrinos. En muchas ocasiones, para seguir corriendo me convencía de que cuanto antes llegase más tiempo tendría para descansar y disfrutar de la paz y tranquilidad del descanso que en el camino he sentido.

En cuanto al tema motivación, tenía la creencia de que durante largas horas corriendo era necesario mantenerse arriba a través de lemas o ideas motivadoras, sin embargo, cuando uno se pasa entre siete y nueves horas corriendo al día, los lemas y las ideas motivadoras pierden fuerza rápidamente. Cuesta encontrar frases que te hagan seguir adelante así que lo mejor es no pensar en cómo seguir adelante y simplemente seguir adelante.

Por otro lado, había mucha gente que me preguntaba si me aburría durante tantas horas a solas corriendo por parajes donde, en ocasiones, apenas te cruzabas con dos personas en varias horas. Lo cierto es que en ningún momento me he aburrido y la razón principal era que no tenía tiempo para aburrirme mientras corría. Mi cuerpo y mi cabeza estaban mandándome continuamente mensajes y yo estaba siempre pendiente de ellos. Al no llevar reloj mantenía la cabeza ocupada también calculando cuánto tiempo corría, a qué ritmo lo hacía y calculaba, sin referencias, cuánto tiempo me faltaba para llegar hasta el próximo pueblo. Gracias a correr sin reloj he aprendido a escuchar a mi cuerpo de forma detenida y aprender a regularme para alcanzar cada día mi destino en el mejor estado posible. Es cierto que de haber llevado algún tipo de referencia espacial o temporal (bien con GPS o con un simple reloj) podría haber apurado un poco más hacia el final de la etapa, sin embargo, lo bonito del camino de Santiago es que no hay metas, no hay cronos, no hay competición. El único propósito del camino de Santiago es llegar al albergue en el mejor estado posible lo antes posible, las dos cosas pero llegando a un equilibrio entre ellas.


También ha habido quien me ha preguntado si en lo espiritual me ha servido el camino de Santiago para encontrar respuestas a mis preguntas. Lo cierto es que mucha gente va a al camino para encontrarse de nuevo, para estar a solas consigo mismo e intentar responder las preguntas que el día a día, por una razón u otra, no nos da espacio para responder. Es cierto que muchos peregrinos con los que hablas tienen problemas e intentan encontrar solución en el camino. Hacer el camino no resuelve ningún problema, no se resuelven mágicamente, sin embargo, pasarte horas y horas sin más ocupación que caminar te da espacio para reflexionar. Mi caso fue algo diferente, para mí se presentaba más como un reto deportivo y personal que una necesidad de encontrarme. Todas mis preguntas ya tenían respuestas, las decisiones que debía tomar ya estaban tomadas antes de ir al camino. ¿Entonces no has reflexionado en el camino? Pues la verdad es que no. Una de las cosas que más me gusta de correr es que mientras lo hago, cuando no estoy entrenando para algo concreto, me siento vacío, liberado de peso emocional, sin necesidad de pensar conscientemente. A mi cabeza vienen ideas, están un tiempo y se van, yo no las bloqueo ni las genero, ellas solas van y vienen. Esos momentos son maravillosos porque surgen cosas bonitas, pensamientos que de otra forma no surgirían y sobre todo, esos momentos son bonitos porque estás a solas contigo mismo. Poca gente aguanta la soledad, supongo que mucha gente no se aguanta y por eso la soledad les aterra.

Los días iban pasando y cada uno era en sí mismo un reto más superado que sumaba un punto en el gran reto. Cada día terminaba y me sentía realizado por lo que acababa de conseguir y por todo aquello que llevaba conseguido. Nunca me planteaba lo que me faltaba por conseguir, sólo disfrutaba de aquello que tenía. Debemos aprender a disfrutar y celebrar aquello que conseguimos y dejar de torturarnos por aquello que todavía no tenemos. Preocuparse más por lo que a uno le falta que disfrutar de lo que uno tiene es el mejor camino hacia la infelicidad perpetua. Todos los días al terminar me sentía completo por haber dado un grandísimo paso más hacia la gran meta, cada día era un paso y cada paso que daba me acercaba un paso a mi destino.

Aunque cada día me encontraba físicamente más fuerte y mentalmente mejor preparado, los días y los kilómetros no pasaban en balde y cada vez me costaba levantarme de la cama. A las 5:45 sonaba mi despertador y al principio saltaba de la cama, a veces literalmente ya que dormíamos en literas y casi siempre me tocó en la de arriba, sin embargo, los últimos días tardaba más de 15 minutos en ponerme en pie. Sabía lo que quería hacer y por qué debía levantarme de la cama porque tenía un objetivo en mente, cada día me recordaba por qué hacía lo que estaba haciendo y así conseguía las fuerzas para arrancar cada mañana. No dista mucho de lo que nos pasa a diario: a veces nos suena el despertador y damos un par de vueltas en la cama, sin embargo, luego recordamos por qué debemos levantarnos y parece que eso nos da fuerzas para empezar un nuevo día. Por eso es tan importante saber para qué se levanta uno cada mañana, eso, y sólo eso, nos da fuerzas para seguir adelante.

Finalmente llegó el último día, el decimocuarto, el día en que la Plaza del Obradoiro me acogería con los brazos abiertos. Se supone que el último día debería estar hipermotivado ya que aquel día me llevaba hasta la meta, sin embargo, mi estado no era muy diferente del del día anterior. Es más, mi motivación estaba quizá por debajo del resto de los días. Ahora sé que eso era debido a que muy dentro de mí sabía que aquello estaba llegando a su fin y que no quería que terminase. Suena a locura pero me habría quedado corriendo el resto de mis días...

El último día no estuvo exento de sufrimiento, hacia el kilómetro 13 empecé a notarme bajo de energías y cuando afrontaba el kilómetro 15 del día iba totalmente zombie tropezando con mis propios pies. Después de trece días es extraño tener esas sensaciones y ahora sospecho que más que algo físico era algo mental, aunque la realidad nunca la sabré. Comí algo en Pedrouzo, a unos 20 kilómetros de Santiago y seguí mi camino. Al salir volvía a tener una gran motivación por llegar, volvía a correr con fuerza y en mi interior había una grandísima energía positiva que me llevó a alcanzar O Monte do Gozo sin darme cuenta. Cuando pregunté cuántos kilómetros quedaban y me dijeron que sólo quedaban 5 kilómetros algo dentro de mí se revolvió. Aquello se acababa.

Durante varios minutos estuve sentado, sin hacer nada, sin pensar nada. No quería seguir, quería quedarme allí, no quería llegar a mi meta, sin embargo, tarde o temprano tendría que seguir, así que demorarlo no hacía más que hacer más doloroso el momento de llegar. Volví a arrancar a correr y aunque podría haber corrido tan rápido como hubiera querido, todo mi ser me pedía recorrer los últimos kilómetros lentamente, disfrutando de cada paso, paladeando cada zancada. Sin ninguna duda esos últimos kilómetros fueron los más cortos de todo el viaje a pesar de que estaba corriendo tan lentamente como podía. 


Rúa San Pedro, Rúa das Casas Reáis, Plaza Cervantes, Rúa de Acibechería, pasadizo de la plaza y... La magestuosa Plaza del Obradoiro se abrió ante mí. Corrí hasta el centro de la plaza y me tiré al suelo. Llegar a la plaza del Obradoiro me provocó la mayor sensación de vacío que jamás he sentido. Suena extraño ya que debía haber estado pletórico, emocionado, alegre y, sobre todo, debía sentirme feliz. Pero no fue así. En medio de la Plaza del Obradoiro, rodeado de peregrinos y turistas, después de haber recorrido 700 kilómetros a pie sin compañía, poniéndome al límite y superándome cada día un poco más, no sentía nada. Esa fue la demostración de que lo que realmente nos debe hacer felices en esta vida no es la meta en sí mismo, la felicidad se encuentra en el camino. Cada meta sólo es la salida de un nuevo camino en nuestras vidas. La meta no es el cierre, la meta es el pistoletazo de salida del siguiente camino. Por eso sé, que el resto de mi vida me lo pasaré en el camino, no existe nada más que el camino.



Todos los cuentos que tienen un principio también tienen un final, pero lo mejor es siempre la moraleja. La de mi camino de Santiago es que no debemos dejar de luchar cada día por aquello que deseamos hacer, debemos perseguir nuestros sueños y nunca desfallecer en el intento por conseguirlos. 

Personas normales podemos hacer cosas extraordinarias, todos tenemos capacidades especiales que bien explotadas nos permiten ser auténticos héroes de lo cotidiano