jueves, diciembre 09, 2010

Abrazos

Como cada día al cerrar la librería, Dion, fue a la estación para coger el tren. En el andén estaban los de siempre y algunos esporádicos. Cruzó cómplicemente la mirada con algunos al pasar a su lado. Eran extraños pero conocidos.

Su tren llegó, del andén saltó al vagón y se sentó mirando al frente. A su lado la señora que hablaba a voces por teléfono, en frente la chica de ojos azules que estudiaba o trabajaba en la universidad y al lado de ésta un extraño desconocido. Acomodado sacó de su bolso un libro, lo abrió por el marcapáginas y se puso a leer. Enfrascado en la lectura, en cada estación, levantaba la mirada para ver en qué estación se encontraba. No hubiera sido la primera vez que, por estar tan concentrado en la lectura, se pasaba de estación.

A punto de llegar a la última parada levantó la cabeza de nuevo, esta vez para coger el marcapáginas y colocarlo donde había dejado la lectura. Al ir a levantarse se percató de que la jóven sentada en frente de él le miraba y sonreía. Él sonrió instintivamente y le ofreció pasar delante de él.

Al llegar a la estación ambos se bajaron y Dion se dirigió hacia otra vía para coger el tren que le dejaría cerca de casa. Tras él, la joven le siguió y se plantó a su lado en el andén. Él se extraño de verla junto a él ya que nunca había cogido esa línea al hacer trasbordo. Se miraron y sonrió ella y él tímidamente.

Un nuevo salto desde el andén y de nuevo sentado y cuando iba a echar mano de su libro vio que la chica se sentaba a su lado. Él la miró y de nuevo sonrieron. Esta vez la de él fue una sonrisa que preguntaba "¿me estás siguiendo?". A lo que la de ella respondía "sí".

Con la mano metida en el bolso, sin decidirse a sacar su libro, la miró y le espetó:

- Hoy te estás desviando de tu trayecto habitual.
- Sí -respondió ella sin dejar de sonreir.
- Puedo preguntar a dónde vas.
- Sí, por supuesto. Te estoy siguiendo.

Dion se paralizó en ese instante. Aunque cabía la posibilidad de que ella le estuviera siguiendo jamás se habría esperado que lo reconociera tan abiertamente.

- Vaya... me dejas un poco sin palabras -contestó tras unos segundos de silencio.
- Ya veo -respondió ella mientras reía ligeramente.- ¿Te parece si tomamos un café?

Dion miró al frente mientras su cabeza intentaba vislumbrar algo que no era capaz de ver. Pasaron unos segundos hasta que él respondió.

- De acuerdo -terminó por responder.- Conozco un sitio muy tranquilo si nos bajamos en la siguiente estación.
- ¡Genial! Vayamos allí.

La sonrisa en la cara de Dion volvió a dibujarse. Era una sonrisa algo más tranquila aunque seguía pareciendo tensa. Ella, sin embargo, seguía mostrando la misma sonrisa tranquila del principio.

El tren llegó a la siguiente estación y los dos se bajaron sin mediar palabra. Fuera de la estación, a mitad de camino hasta el lugar donde iban a charlar, Dion sólo se atrevió a decir:

- Es extraño.

A lo que ella respondió:

- Bueno, no tanto.

Llegaron a la cafetería y buscaron una mesa donde sentarse tranquilamente.

- ¿Qué tomas? -le preguntó Dion.
- Pídeme un café descafeinado de máquina con leche, por favor.
- Vengo ahora.

Se dirigió a la barra con las manos entrelazadas a la altura del pecho intentando hacer crujir sus nudillos. Intentaba liberar algo de tensión pero no sabía cómo hacerlo. Pidió los cafés, el café descafeinado de máquina con leche para ella y el café grande largo de café con leche templada, los llevó a la mesa, con sumo cuidado los colocó sobre la mesa y se sentó frente a ella. Ella probó su café mientras él la miraba. Luego fue él quien bebió y ella quien observaba.

- Vaya, disculpa mis modales. Ni siquiera me he presentado. Me llamo Dion -dijo algo más tranquilo.

Ella se quedó callada y pasados unos segundos levantó la mirada de su café.

- Sé lo que haces- le dijo mientras le miraba a los ojos sonriente.
- ¿Conoces mi librería? ¿Has estado allí?
- No hablo de la librería. Sé lo que haces.
- No sé a qué te refieres -dijo más nervioso todavía.
- Sé a qué te dedicas -continuó. -No me parece mal, lo respeto.
- Mira, me vas a perdonar pero no sé a lo que te refieres -contestó. En ese mismo instante, Dion pasó de estar nervioso a estar preocupado. Ella decía saber algo sobre él que él no quería y no creía que ella supiera.

Las miradas se cruzaron y en ese instante ambos sabían que ella sabía lo que él ocultaba. Lo sabía.

- Lo sé. A mí no me lo puedes ocultar. No te voy a juzgar por ello. Sólo quiero hablar contigo de ello, nada más.
- ¿Qué dices que sabes?- inquirió él totalmente serio.
- Sé eso que haces. Eso. Ya me entiendes.

Se la notaba ciertamente cómoda y segura de sí misma. Sabía algo y él sabía que lo sabía.

- Lo que está claro es que yo no te voy a decir nada hasta que no me digas qué es lo que tú sabes. Podría desvelar algo que realmente no sabes- respondió más serio aún.
- Sé lo de los abrazos.

Dion se quedó paralizado. Sus ojos se habían clavado sobre de ella, quien había vuelto a sonreir, ahora juguetonamente.

- No te preocupes. Puedes estar tranquilo, no se lo voy a decir a nadie.
- No me has dicho exactamente qué es lo que sabes.
- Cierto, veo que eres cuidadoso. Hablo de que sé que robas abrazos.

Las palabras de ella explotaron en sus tímpanos y sus ojos se rompieron en mil pedazos al cruzarse con la mirada de ella. Sus manos sudaban y jugueteaban con la cucharilla en el café.

- Tranquilo, de verdad, no se lo voy a decir a nadie. Sólo quiero hablar de ello.

Ella alargó su mano y estrechó la de Dion con fuerza.

- Si te tranquiliza, te diré que yo también lo he hecho.
- Realmente sí me tranquiliza- respondió él.- Nunca había hablado de ello con nadie. De hecho no sabía que hubiera más gente que lo hiciera.
- Yo tampoco, pero te vi un día hacerlo en la estación y supe que tenía que hablar contigo- dijo mientras le soltaba la mano.- De hecho te diré una cosa, esa estación no me viene nada bien.

Al terminar la frase rompió a reír a carcajadas.

- Has dicho que tú también lo hacías, ¿es que ya no lo haces?- Preguntó Dion.
- No. Lo cierto es que ya no me llenaban- respondió ella.- Se me hacía demasiado fácil conseguirlos y, bueno, ya sabes, en la conquista también hay placer.
- Cierto- respondió más tranquilo.

Él se había acomodado algo más al saber que se encontraba frente a alguien que entendía lo que hacía y por qué lo hacía.

- Durante el tiempo que robé abrazos sólo había una cosa que me preocupaba. No sabía hasta donde sería capaz de llegar por uno. ¿Qué es lo peor que has hecho tú por un abrazo?
- Siempre es lo mismo, siempre hago lo peor: mentir.
- ¿Mentir?- preguntó ella extrañada.
- Sí, mentir. Para mí la mentira es algo cruel y mezquino cuando se trata de sacar un provecho. He utilizado todo tipo de tretas y cada vez se me hace más cuesta arriba mentir, pero si no lo hago sé que no conseguiré lo que deseo.
- Entiendo- respondió pensativa.
- Y tú, ¿qué es lo peor que has hecho?- preguntó.
- ¿Yo? Supongo que mentir también es lo peor que he hecho. No lo había pensado pero todos los que robé fueron mintiendo. No le había dado importancia al hecho de mentir, pero ahora que lo pienso supongo que es grave.
- Al menos para mí lo es- respondió.

Ambos se quedaron en silencio. Él tomó un trago largo de café y posó la taza sobre el plato. Entre ellos sólo estaba el ruido de la cafetería. Los dos se miraban a los ojos.

Él intentaba leer los ojos de ella y veía en ellos pasión, ilusión, dedicación, esfuerzo. Una belleza extraña que jamás había visto en los ojos de nadie. Ella también dio un trago largo hasta acabarse el café.

De nuevo silencio. De nuevo miradas. Finalmente ella rompió el silencio.

- Te parece si...- dijo mientras abría sus brazos.
- Estás segura. Tú ya no robas abrazos.
- Bueno, te lo estoy pidiendo. Técnicamente no te lo estoy robando.
- Está bien.

Ambos se levantaron y se acercaron con los brazos ligeramente abiertos. Sus cuerpos encajaron entre éstos y sus cuerpos terminaron por encontrase. Él colocó su cabeza sobre el hombro izquierdo de ella y ella la suya sobre el izquierdo de él. Sus brazos se cerraron hasta encontrarse con la espalda el uno del otro. El abrazo duró segundos que parecieron horas. Durante el abrazo eran uno.

Finalmente terminaron por separarse y él respiró muy hondo como saboreando la ambrosía que acababa de paladear. Se notaba, por un lado, tranquilo y por otro algo exaltado. Nunca había se había sentido así con un abrazo.

Aún no se habían sentado cuando ella de nuevo se acercó a él. Esta vez sus manos se dirigieron tras la cabeza de él y su cabeza no se dirigió a su hombro. Cerró los ojos y sus labios se posaron sobre los de él. Dion, sintiendo los labios de ella sobre los suyos, sintió que se estremecía, que por todo su cuerpo corría una sensación de placer que jamás había experimentado. La lengua de ella invadió su boca e invitó a la otra a jugar, a buscarse y encontrarse entre los dientes. Dion se revolvía de placer mientras sus manos se entremezclaban tras la espalda de ella aprentándola contra su cuerpo.

Finalmente ella se separó de él y él se quedó con los ojos cerrados, sin respirar. Disfrutando del placer que aún estaba sintiendo.

Cuando abrió los ojos ella ya se había sentado y estaba sonriente y tranquila. Dion se sentó y se le quedó mirando, hipnotizado, a los ojos de ella. Silencio.

Sacándole de su profundo éxtasis, dijo:

- ¡Uf! ¡Qué tarde! Tengo que irme- dijo mientras se ponía el abrigo.

Él, todavía algo inconsciente, consiguió hablar.

- Perdona, no me acuerdo de cómo te llamas.

Ella se acercó a Dion y, acariciando su cuello mientras seguía caminando, le susurró al oído:

- Es que no te he dicho como me llamo.

2 comentarios:

Alberto dijo...

No se que escribir. Me has derrumbado emocionalmente con este relato. Podría poner mil adjetivos pero es que todos serían injustos e incapaces de recoger la valía de lo que has escrito.

Me has emocionado y he experimentado algo único. Pensé mil cosas mientras lo leía y sentía otras tantas, eso es muy grande. ¡Gracias!

Para mí, como escritor, has alcanzado una cumbre y no me queda más que reconocer que tengo mucho que aprender de ti.

Un abrazo David.

PD: Recuerdo que en mi primer brevísimos respondiste: "Ouch!". Pues, "ouch" también.

Oso dijo...

Alberto: celebro haberte transmitido tanto.

Disfruta y sé feliz.