jueves, octubre 07, 2010

100 en 24 Madrid - Segovia: la crónica

Pues sí, amigos, ya era hora. Ha pasado ya casi una semana y todavía no había contado nada acerca de la aventura. El tiempo parece que últimamente se dobla y en lugar de 24 horas los días tengan sólo 12. Pero bueno, aquí estoy.

Como ya sabrán, y quien no lo sepa, se lo hago saber en este instante, el fin de semana me lancé a lo que unos llaman locura y otros aventura de hacer 100 kilómetros en 24 horas. Se trata de una modalidad de ultrafondo a la que ya me había enfrentado hace unos meses, sin embargo, esta vez  me la había planteado de otra forma. De hecho en esta ocasión tuve la suerte de ir acompañado de, dos compañeros de trabajo, Iván y Saúl.

El primer tramo, 29 kilómetros, de Plaza Castilla a Colmenar, pasando por Tres Cantos, nos la tomamos con calma, apenas a unos 5 kilómetros por hora para poder alcanzar Colmenar con energías para afrontar los dos siguientes tramos. Iván, ya te lo dije en su momento, estos 29 kilómetros son tuyos, de aquí en adelante caminábamos tu espíritu y yo. Gracias.

En Colmenar Iván y Saúl alcanzaron su meta y yo continué caminando el tramo segundo. Desde Colmenar todo iba perfectamente, físicamente iba casi como al inicio del primer tramo y el ánimo no faltaba, gracias, dicho sea de paso, a los ánimos que muchos de vosotros vertisteis sobre mí. El mayor problema fue el calor y la soledad, ambos iban minando uno el cuerpo y el otro el ánimo. Colmenar, Manzanares y luego subida hasta Mataelpino. A partir de aquí el perfil se complicaba un poco ya que había subidas intensas que había que salvar.

Desde Matalpino, donde le había ganado media hora al cierre de carrera, hasta Navacerrada supuestamente, según el rutómetro, había 5 kilómetros y mi ritmo era de 5 kilómetros por hora. Haciendo un cálculo simple salía que llegaría a Navacerrada en una hora. Continué caminando y cuando la hora de llegar se acercaba, miraba el reloj: 50 minutos, 55 minutos, 1 hora, 1 hora y 10 minutos... el control de Navacerrada no aparecía. Estos fueron momentos durísimos porque llegué a pensar que me había saltado incluso el control de Navacerrada, sin embargo, no había nada que pudiera hacer más que seguir caminando bajo la negra noche. 1 hora y 20 minutos y ¡oh! sorpresa a la hora y media llegué al control de... ¡¡¡Navacerrada!!! Sí amigos, había tardado hora y media en recorrer 5 supuestos kilómetros. En el control se obcecaban en decir que sí, que de Mataelpino a Navacerrada había 5 kilómetros. Comentando con más marchadores llegamos a la conclusión de que había, por lo menos, 7 kilómetros.

Ya daba igual cuántos hubiera yo tenía la moral por los suelos y, de hecho, sentado en el suelo mientras recuperaba energías pensé, seriamente en quedarme allí y esperar al transporte para abandonar. No sé cómo pero me levanté del suelo y arranqué a caminar. Quedaban 9 supuestos kilómetros hasta Cercedilla. Afortunadamente nos juntamos otra marchadora y yo y el camino hasta Cercedilla lo hicimos charlando. En hora y media nos pusimos en Cercedilla. Aclarar que en hora y media, al paso que íbamos, no podíamos haber recorrido 9 kilómetros. Probablemente hubiera 7...

A mi llegada a Cercedilla tenía la moral absolutamente minada por los contratiempos que, ahora que lo pienso, había salvado con tanta fuerza de voluntad. Allí me dirigí como quien no ha comido en meses al avituallamiento para recuperar energías: pasta. Allí, primera sorpresa, me estaba esperando Saúl, quien había hecho el primer tramo y me había estado llamando de continuo para saber cómo estaba. Siempre es agradable ver a alguien conocido cuando has estado caminando durante 7 horas sólo. Gracias.

Cena sin prisa pero sin pausa, por no perder tiempo y porque había hambre, cura de pies, estiramientos, cambio de calcetines y plantearse si seguir o no. Con Saúl estaban Fer, un amigo suyo que quería asaltar la Fuenfría costase lo que costase. Así que no había más opción que seguir hacia delante.  Aquí se trataba de llegar los dos o ninguno. De nuevo gracias a Marta, Sara y Saúl por acompañarnos unos metros, permitidme que lo diga, casi absurdamente tomándose un refresco mientras Fer y yo afrontábamos la subida hasta la calzada romana.

Tercer y último tramo. Los primeros kilómetros hasta la Calzada Romana, por asfalto, se me hicieron eternos. Una vez remotando los 5 kilómetros, el camino se convirtió en una pista de tierra con un falso llano continuo.

Permítanme que haga una pausa en el relato. En este punto, mi cuerpo no respondía a mis órdenes. La cabeza pedía parar y el cuerpo sólo sabía seguir andando. Como muy simpáticamente comentó Fer mientras caminábamos, teníamos al viejo de la barba blanca como loco mandando glóbulos rojos a un lado, neuronas a otro, glóbulos blancos a diestro y siniestro y no conseguía más que cansarse, como nosotros. Es curiosa la capacidad de desconectar cuerpo y mente y que el dolor deje de significar dolor y sea algo anecdótico. Recuerdo mirarme los pies y pensar: no soy yo quien los mueve, van solos.

La llegada a la Fuenfría fue el primer momento emotivo. Los voluntarios nos recibieron con aplausos y vítores. Todo un detalle si pensamos que esa gente llevaba horas y horas allí pasando frío. Chapeau por ellos, gracias. Yo había conseguido superar mi límite de 73 kilómetros de la otra vez y Fer había alcanzado el que había sido su propósito. Podíamos habernos quedado allí pero uno no sube a la Fuenfría andando para bajar en coche. Rápidamente, porque el viento pegaba fuerte y frío, continuamos nuestro camino. Desde la Fuendría aún nos quedaban 20 kilómetros, pero no 20 cualesquiera, no: 20 kilómetros de bajada.

Para mí era un regalo ya que me encuentro más cómodo bajando que subiendo. Obviamente, pensarán algunos, pero que le pregunten a Fer cómo lo pasó en la bajada. Nuestro idea era estar en la Cruz de la Gallega, el último punto de control, con media hora de adelanto para descansar y continuar. Cuando pensábamos que íbamos muy bien, vimos, justo detrás de nosotros la figura del peregrino que cerraba la carrera. Le preguntamos cuánto nos quedaba y nos dijo: a este paso llegamos justo al cierre. Bien, en ese momento, yo, personalmente, me vine totalmente abajo. Decidimos seguir el ritmo del peregrino para llegar para sellar la credencial del peregrino, hacer un corto descanso y salir hacia Segovia antes de que cerrasen el último control. Mis palabras hacia Fer, si no recuerdo mal, fueron: Fer si llegamos a la Cruz de la Gallega y no descansamos yo no quiero seguir. Para sorpresa nuestra llegamos al control con ¡¡¡40 minutos de adelanto!!! Primero me acordé de la santa madre del peregrino y luego pensé: ojo, que tenemos tiempo para descansar. Aquí Fer se portó como un campeón porque no dejó que me viniese abajo, hasta la Cruz de la Gallega, él tiró de mí. Gracias.

En el último control, nos lo tomamos con calma. Reponer fuerzas, risas, chistes, gracietas para descargar tensión y llamada a mi madre para decirle: Mamá, estoy a 12 kilómetros de Segovia y vamos a hacerlo.

Afrontar esos 12 kilómetros atravesando, incluso, una zona de campo a través, fue lo más duro a lo que me he enfrentado a mi vida. Sinceramente ahora mismo no sé cómo podía seguir andando, sin embargo, notaba que Fer iba muy muy muy tocado de sus pies y, sinceramente, mis dolores desaparecieron, al menos en la cabeza. Había que seguir y uno no se podía venir abajo.

Lo peor de todo es que caminábamos y no veíamos Segovia. No se veía por ninguna parte. Llegamos a la estación de AVE y sabíamos que estábamos cerca pero no veíamos el destino. De corazón, no sé cómo lo hacíamos pero seguíamos andando.

Por fin superamos una loma y pudimos divisar Segovia a lo lejos pero no alcanzábamos a descubrir donde estaba el acueducto que era donde se encontraba la meta. Es duro caminar después de casi 100 kilómetro sin saber hacia donde vas. Finalmente entramos en zona urbana y tomamos una calle. Sabíamos que estábamos cerca y que lo íbamos a conseguir pero no ver tu destino nos tuvo en jaque hasta que...


No puedo decir nada sobre la llegada más allá de remarcar que yo no sabía que mis padres iban a ir a la meta. Lo demás, las sensaciones tanto físicas como mentales como emocionales son inexplicables. Los sentimientos estaban a flor de piel y me aborbotonaban. No quiero decir nada más al respecto es demasiado especial para intentar explicarlo con palabras, palabras que no pueden explicarlo.

Desde luego esta vez no voy a decir: no vuelvo a hacerlo. Sin duda ha merecido la pena el esfuerzo y, por supuesto, no descarto volver a enfrentarme al reto. De hecho no descarto intentarlo en menos de las 23 horas y 17 minutos de esta.

El resumen en imágenes:









Todas las fotos en el álbum 100 en 24 Madrid - Segovia I.

GRACIAS A TODOS.

5 comentarios:

fer dijo...

Enorme compañero.
Gracias por tu compañía: fundamental. Esta claro que era o los dos o ninguno.

Alberto dijo...

¡Sin palabras! Eres muy grande amigo, muy grande.

Un abrazo David.

PD: Quiero ir a la siguiente.

Oso dijo...

fer: lo resumiría en enorme, fundamental y por nuestros santos cojones.

Alberto: a la próxima mucha gente se animará, lo sé. Para mí, la próxima será diferente...

Disfrutad y sed felices.

Msx2001 dijo...

Definitivamente vas en aumento con tus retos y lo bueno es que lo consigues!! veremos si se me pega algo, ya que yo tambien tengo objetivos y los dejo a medio camino...

Saludos desde la nacion.

Oso dijo...

Msx2001: hay que sacar un poco de fuerza de voluntad del corazón para llevarlos a cabo. Que se consigan o no ya es otra cosa pero no intentarlo ya es fracasar.

Disfruta y sé feliz.