lunes, septiembre 20, 2010

El dulce placer de la muerte

Hoy leyendo la entrada de celebración del quinto cumpleblog de Postit literarios y otras cosas del montón recordaba Alberto un relato que le regalé en respuesta a uno que él escribió. El original, El dulce placer de la muerte, pueden leerlo directamente en su blog. Yo por mi parte quiero reproducir aquí el relato que le regalé:
Las nubes volaban por encima de la luz de la luna que se intentaba abrir paso entre ellas para observar a quien la miraba.

Estaba encendiendo un cigarro de forma nerviosa. Sus dedos apenas son capaces de apretarlo con la fuerza necesaria para que no se le caiga. Lo aguanta unos segundos entre los dedos mirando hacia el cielo para tranquilizarse y cuando consigue que sus manos no tiemblen enciende el cigarro y le da una honda calada que lo hace brillar. Echando el humo a medias por la boca y por la nariz se da la vuelta para mirar dentro de la habitación; encima de la cama puede encontrar a una chica semidesnuda que descansa apaciblemente bajo las sábanas.

Tras dar la última calada al cigarro y lanzar la colilla por la ventana se acerca a la cama y lentamente destapa a la muchacha que plácidamente duerme. La sábana junto con el edredón están ya a la altura de los tobillos y comienza a besar la piel desde las rodillas en dirección al sexo de la mujer. Cuando alcanza la zona la chica se despierta y le dedica una sonrisa mientras sus manos comienzan a bajar la ropa interior para que él pueda acceder mejor a su interior.

La erección del hombre se hace cada vez mayor. Cuando alcanza la mayor tensión en la erección el hombre coge su pene con la mano y lo dirige hacia la oscuridad del bello púbico.

Al principio el movimiento es lento e insinuante, sin embargo, a medida que la excitación aumentaba los movimientos eran más bruscos y rápidos. De repente el hombre coge la almohada y la coloca sobre la cara excitada de la chica que en un primer instante no opone resistencia llevada por la excitación. Pero cuando, le empieza a faltar el aire empieza a luchar por librarse de la mordaza que el hombre le ha colocado. Sus uñas rascan la piel del hombre que cuya excitación aumenta a medida que las fuerzas de la chica disminuyen.

En el momento de la eyaculación la mujer deja de luchar mientras un gemido profundo de hombre anuncia el orgasmo. El cuerpo, en ese instante, se estremece; no se sabe si de excitación o de anhelo por vivir.

2 comentarios:

Alberto dijo...

Eros y Thanatos, el amor y la muerte. Una relación que desde siempre ha estado presente en la vida del hombre.

Y la suerte de tener de regalo un relato tuyo en mi blog, ¡caramba! , es algo que me llena de orgullo y alegría.

Un abrazo David.

PD: No comento nada del relato, porque como todos tus regalos, me parecen fantásticos ;)

Oso dijo...

Alberto: por algo los franceses ya la llamaban la petite mort. Gracias por espolearme mi inspiración.

Disfruta y sé feliz.