lunes, agosto 09, 2010

Cicloturismo por Galicia (II)

En la entrada anterior me he limitado a hablar de la parte más técnica del cicloturismo. En esta quiero hablar de la parte más sensitiva y emocional. Además, como extra a ser uno su propio vehículo, en mi caso viajé los 12 días solo.

Antes de emprender el viaje, salvo contadas excepciones, la opinión de mis interlocutores cuando les contaba cómo iba a pasar dos semanas de mis vacaciones era del estilo: "estás loco", "tú no estás bien de la cabeza", "¿por qué?", "¿solo?". Entiendo que para mucha gente las vacaciones sean días en los que descansar, simplemente no hacer nada especial o hacer turismo como lo era para mí, sin embargo, este año el cuerpo y la mente me pedían algo diferente. A las dos primeras afirmaciones, desde luego que hace tiempo que me di cuenta que mi cabeza trabaja de otra forma y es algo que me alegra saber.

La pregunta de por qué es más difícil de afrontar. Realmente no hay una gran razón que pueda dar. Simplemente era lo que me pedían cuerpo y mente. A la cuarta pregunta, ¿solo?. Sí, efectivamente, solo. La única compañía de mí mismo, mis ganas de ir hacia delante y, como no, La Solitaria. Cierto es que en cualquier viaje uno nunca va solo del todo. Siempre lleva consigo a sus seres queridos, de una forma emocional, y se lleva a si mismo. De nuevo la dichosa pregunta ¿por qué solo? Fácil, porque era lo que mi cuerpo y mente me pedían. Como dice el amigo Feliun: a veces hay que dejarse llevar por las señales y hacer lo que nos ordenan. En mi caso, hice eso mismo: seguir las señales y hacerlo.

"¡Qué triste! Dos semanas solo simplemente pedaleando" habrá quien piense. Cierto, para esa persona puede ser triste, todas las opiniones son respetadas aquí, sin embargo, no he estado dos semanas solo simplemente pedaleando. Durante mi viaje he hecho muchas más cosas, he superado todos los retos físicos que me he propuesto, doce retos en concreto, uno cada día que, a las 7 de la mañana me montaba sobre el sillín y empezaba a pedalear. En todo el tiempo que he pasado pedaleando he estado luchando de forma constante contra mi cuerpo, quien en muchas ocasiones cree que puede hacerte abandonar. Mientras pedaleaba, disfrutaba del paisaje que tenía a mi alrededor como no se puede disfrutar en coche. Sobre La Solitaria he dedicado tiempo a pensar.

Antes de empezar tenía un conflicto de sentimientos en mi interior. A la vez me sentía un poco asustado y enormemente emocionado por la aventura que iba a emprender, pero en cuanto monté en La Solitaria el primer día, a eso de las 7 de la mañana, supe que todo iba a ir bien. Lo supe porque ahora sé que si quiero puedo.

Alguno se preguntará: ¿hubo algún momento en el que deseaste no haber emprendido el viaje? ¿Cuándo pensaste: lo dejo, me vuelvo a casa? Sí, es cierto, cada mañana al levantarme pensaba: ¿qué necesidad tengo yo de levantarme a las 6 de la mañana, desayunar y pasarme 10 horas sobre una bicicleta? He aprendido que recién levantado soy muy poco emprendedor pero el saberlo hace que haya aprendido a combatirlo. Cuando te levantas, si pones un pie delante del otro el resto del cuerpo te sigue y vas hacia delante, simple. Sobre si de verdad ha pensado algún momento en dejarlo y volver a casa, no, nunca lo he pensado. Después de superar la pereza de recién levantado ya tenía una meta que alcanzar y no me podía permitir el lujo de dudar, tenía que alcanzarla como fuese. Puede sonar pretencioso pero en esos casos el abandono no es una opción posible siempre y cuando no esté en peligro mi integridad física o psicológica.

La cosa va de preguntas, ¿volvería a hacer el viaje? Aquí es donde sí tengo que matizar. No lo volvería hacer, al menos no en los mismos términos, por una razón, porque de hacerlo este viaje se convertiría en uno más y dejaría de ser especial. Ayer comentaba con mi hermana que en los peores momentos, momentos en los que realmente estás mal, piensas que durante un tiempo te vas a quedar quietecito sin volver a forzarte a hacer esfuerzos que realmente no necesitas. A toro pasado todo ese sufrimiento se olvida y, en la memoria, queda como una simple anécdota. Si la pregunta va más por si volvería a hacer cicloturismo, la respuesta es rotúndamente sí, aunque pasará algún tiempo. El sentimiento de paz y tranquilidad que sentí en la Plaza del Obradoiro, donde terminó mi viaje, es algo que uno no puede experimentar una sola vez. Me quedé una hora al lado de La Solitaria simplemente disfrutando de haber llegado, intentando disfrutar del fin tanto como lo había hecho del camino.

Para un corto y medio plazo ya tengo algún que otro reto personal deportivo, pero eso es algo que contar en otro instante. De momento les emplazo a que se pasen por aquí próximamente para que vean las fotos y, quizá, algún vídeo que compartiré con ustedes.

3 comentarios:

Webon dijo...

¡Enorme! Me he visto reflejado en un montón de descripciones que has hecho, y desde luego que el gusanillo que se te mete por dentro al hacer este tipo de viajes es algo que no se puede (ni quiere) extirpar fácilmente.
No te doy ánimos, porque los tienes. Ni la enhorabuena, porque la satisfacción personal es la más grande recompensa de estos viajes, así que simplemente me quedo contento de que habrás disfrutado.

Alberto dijo...

Estimado David, leí ayer la entrada, la he vuelto a leer hoy, y todo porque no sabía que poner en el comentario.

A la tercera lectura, lo he visto claro. NADA. Esta entrada, en mi opinión, es para TI, porque el verdadero protagonista eres TU.

No tengo más palabras que decir, porque está todo ya dicho, eso si, muchas gracias de corazón por compartir tan increíble aventura con nosotros.

Un abrazo muy fuerte desde Verín.

Oso dijo...

Webon: recuerdo cuando hicimos la ruta de las Zetas de la Pedriza y ese ansia que tenías por llegar arriba. ¿Cuándo repetimos?

Alberto: yo tampoco tengo más que añadir.

Disfrutad y sed felices.