lunes, enero 29, 2007

Allí estaba yo, tumbado sobre las cajas de cartón que había recopilado a lo largo de la última semana. Aquella noche había pasado el Samur Social y me habían dejado dos mantas ya que se preveía una helada de campeonato. El rellano de la tienda de zapatos se había convertido en mi hogar de noche porque estaba bastante resguardado del viento. Los carteles de rebajas abarrotaban los cristales de los escaparates. Dentro, los zapatos mostraban grandes tarjetas anunciando hasta un cuarenta por ciento de descuento.

Hacía tiempo que había olvidado cómo calcular un porcentaje, al menos recordaba que en el colegio se lo habían enseñado y había pasado grandes quebraderos de cabeza para poder entenderlo. Pero de eso había pasado ya mucho tiempo y muchas cosas en su vida habían cambiado con el paso de los años.

La mejor época, sin duda, fueron sus años en el colegio, lo que no quiere decir que fueran buenos. De lo malo lo mejor.

Vivía en un barrio marginal cerca del centro de la ciudad y el colegio era un edificio declarado en ruinas donde aún se impartían las clases. Tanto profesores como padres y alumnos se habían negado a dejar el colegio donde habían crecido y estudiado la mayoría de ellos.
En invierno, la temperatura era extrañamente más baja que la del exterior, cerca de cuatro grados menos.

Los niños se pasaban la mañana con los abrigos puestos y, los que tenían, con los guantes y con las bufandas también. Solía pasar los meses de mayor frío con la nariz goteando y con tos ronca. En una ocasión, estando en el colegio, empezó a encontrarse mal y a notarse febril. Su profesor lo llevó al hospital después de que perdiera el conocimiento. Al parecer sufrió una pulmonía que le impedía respirar con normalidad y la falta de oxigenación hizo que perdiera el sentido. Sus padres ni siquiera fueron a verle al hospital.


Su padre era taxista y pasaba, la mayoría de los días, dieciocho horas en el coche. Su madre trabajaba allí donde la llamaban: hoy era limpiar un garaje, mañana sirviendo mesas en un restaurante, pero nada fijo. La mayor parte del tiempo estaba solo en casa, cuando se levantaba su padre ya se había ido y su madre, muchas veces, tampoco. Las tardes las pasaba por la calle con sus amigos caminando por descampados llenos de basura.

Cuando hubo terminado el colegio tenía la edad suficiente para ponerse a trabajar. Sobrevivió hasta los treinta años trabajando aquí y allí por una miseria de dinero que apenas le daba para malvivir. Cuando sus padres hubieron muerto las cosas fueron a peor. Tuvo que desalojar la casa donde vivían ya que estaban allí en alquiler y el dueño quiso venderla. La calle se convirtió en su casa.

Aún eran las nueve de la noche pero el frío ya empezaba a apretar. La gente pasaba por delante de él. Había quien descaradamente miraba con altivez; otros preferían mirar con disimulo, lo cual no hacía que él no se diera cuenta, otros pasaban impasibles a lo que allí ocurría.

Algo me hacía pensar que aquella noche el destino me escondía alguna sorpresa. Primero me tapé con los cartones, que aunque no calientan cortan las corrientes de aire que tan cortantes se hacen por la noche. La calle ya se empezaba a quedar vacía. Se podía calcular que eran alrededor de las doce por el flujo de gente. Apenas pasaban dos o tres personas cada minuto.

El frío empezaba a arreciar así que me tapé con las mantas para evitar morir congelado. El termómetro, que podía ver en la calle, había alcanzado ya los tres grados bajo cero. Entonces me noté más confortable por el calor de las mantas; fue entonces cuando el sueño se avalanzó sobre mí y caí dormido.

Al despertar no sentía los pies ni las piernas hasta la altura de las rodillas, tenía los dedos negros y apenas podía coordinar mis brazos para colocarme las mantas.

Noto como mi corazón se para. Inhalo mi último hálito.

8 comentarios:

Ali dijo...

El café se ma ha quedado frío de golpe tras leer esto. Me da miedo pensar que quizá algún conocido o amigo (o yo misma) nos podamos ver en estas circunstancias que describes algún día. Me alivia pensar que esto es sólo ficción...

Alberto dijo...

Me ha gustado el salto (no sé si intencionado o no) de un narrador en primera persona a uno en tercera para volver a la primera. Sobre todo el uso de la tercera para contarnos un flashback y mantener la primera persona para el presente y así hacernos más partícipes de la historia. En cuanto a lo narrado, desgraciadamente es una historia más de las muchas que no leemos pero que ocurren.

Un saludo desde Madrid.

Viriz dijo...

Dramatico y cruelmente realista, como la mayoriaa del mundo deberia ser mas amenudo, me gusta me gusta, conciencia social sutilmente precentada para que la leamos.

Oso dijo...

Ali: afortunadamente (y espero que así sea) no nos veremos en esa tesitura. La vida a veces puede ser muy dura pero supongo que siempre tendremos alguien a quien agarrarnos.

Alberto: intencionado, por supuesto ;).

Viriz: que yo lo cuente aquí no cambia nada pero ignorarlo cambia mucho menos.

Besos y gracias por vuestro tiempo.

Yayo Salva dijo...

Verista, fuerte. Todos conocemos algún caso de "sin casa". Yo dos, en la calle Serrano, y a menudo he imaginado sus historias cuando paso a su lado camino del trabajo, y me puede la rabia y la impotencia.

PS Deberías corregir algún error ortográfico que se te ha deslizado.

Oso dijo...

Desgraciadamente cada vez son más los sin techo. Yo también siento impotencia y rabia de no poder cambiar nada. Ni aún siendo rico se conseguiría nada... este mundo es así de cruel.

Siempre intento escribir de un tirón y no reviso lo que escribo, de ahí que muchas veces haya erratas, mis disculpas. Sé de la importancia de la perfección del lenguaje para una perfecta recepción del mensaje, intentaré cuidar más este tema.

Saludos y gracias por tu tiempo.

bibiana dijo...

holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
cuanto tiempo!! veo que sigues barriendo cosas super interesantes, va a ser que tengo q ir recuperando la costumbre de botarlle un ollo a tu blog..
Que tal todo? Espero que bien...
Yo super liada haciendo que estudio XD
Besos desde A Coruña!!

Oso dijo...

bibiana: ¡ey! Qué sorpresa verte de nuevo por aquí. Yo sigo, al menos intento, escribiendo aquí, es mi válvula de escape (además de viajar y Ella. Espero poder seguir disfrutando de un poquito de tu tiempo.

Besos y gracias por tu tiempo.